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CADA MES, EN ESTA PAGINA, GRATIS Y POR GENTILEZA DE JORDI SIERRA I FABRA, UN POEMA, UN CUENTO, O EL FRAGMENTO DE UNA OBRA RECIEN EDITADA

 
    Queridos amigos y amigas:

    Durante más de 30 años, me habéis regalado vuestra amistad a través de la lectura de mis libros. La mejor forma que tengo de agradeceros esta fidelidad es abriendo esta ventana a través de la cual yo también os podré regalar un poco de mí a vosotros y a vosotras. Como dice el encabezado, cada mes tendréis aquí un avance de alguna novela, un poema... algo con lo que acercarnos más y seguir compartiendo aquello que más amamos, los libros, y toda la esperanza que despositamos en ellos.
     Gracias y hasta siempre.

    Jordi Sierra i Fabra


   A PETICION DE NUMEROSAS Y NUMEROSOS FANS, QUE CUANDO SE INICIO ESTA SECCIÓN AUN NO VISITABAN ESTA WEB, RECUPERAREMOS DE VEZ EN CUANDO ALGUNOS DE LOS POEMAS APARECIDOS EN LOS AÑOS ANTERIORES INTERCALADOS CON LOS NUEVOS.


EL POEMA DE JULIO Y AGOSTO

    Poema inacabado para una noche sin viento

   
Me faltó verte desnuda.
    Tocar tus sentidos y beber de tu olvido.
    Quietos en la noche, como el viento.
    Hojas prisioneras del silencio.
    Mis manos en tu cuerpo
        explorando lo insondable.
    Tus labios en mi aliento
        tensando mis anhelos.
    Estábamos solos, perdidos.
    Un mundo bajo las estrellas.
    Deseos atrapados en la calma.
    Pero aún nos atan los miedos.
    Ni siquiera sé quien tiene más.
    Me faltó verte desnuda
        y ver así el límite de tu esencia
        brotando como una fuente en paz.
    Nos devoraban las caricias
        de hambre vencidas en la frontera
        mientras las hojas seguían quietas
        y tu temblabas.
    Aquella hora, todas las horas.
    Necesitamos una para nosotros solos.
    Para ver y saber y entender y querer.
    Una en nuestro propio silencio.
    Con nuestro propio viento callado
        en el que dejar fluir la verdad.
    Es sólo un paso, sólo un juego.
    Tu cantabas a lomos de tu quieta fuerza.
    A mi me faltó verte desnuda.


EL POEMA DE JUNIO

LOS DOS LADOS

Deberíais decidir si sois constructores de jaulas
o el espacio abierto entre los barrotes.
Deberíais escoger entre la mano que oprime el aire
y el aire contenido en esa presión.
Deberíais saber que todo camino tiene dos direcciones.

Tendríais que pensar de una maldita vez que es mejor
si tirar la bomba o estar debajo esperándola
Tendríais que sopesar las posibilidades de la bala
dispararla o esperarla haciéndole un guiño a la suerte
Tendríais que imaginar que todo camino tiene dos direcciones.

Habríais de buscar una salida o una entrada
pero no quedaros quietos aguardando en la oscuridad
Habríais de actuar dándole imaginación al poder
aunque sea siempre el poder el que mate a la imaginación
Habríais de comprender que todo camino tiene dos direcciones

Saber, imaginar, comprender
Puedes estar en uno u otro lado
Has de estar en uno u otro lado
Números, coeficientes, estadísticas
Todos pertenecemos a uno de los dos lados



EL POEMA DE MAYO

Siento

Siento que me estás gritando
Siento que me estás llamando
Siento que me estás pidiendo
Siento que me estás queriendo
Siento que me estás sintiendo
Y todos los sentidos son uno
Sentimiento
Gritando que me necesitas
Llamando para que vuele a ti
Pidiendo que te de más
Queriendo tener otra vida
Sintiendo que una no nos basta
Porque todos los sentidos son uno
Sentimiento
Sentimiento
De día huyendo
De noche persiguiéndonos
De día olvidados
De noche perdidos

Siento que me estás llorando
Siento que me estás escribiendo
Siento que me estás odiando
Siento que me estás buscando
Y todos los sentidos son uno
Sentimiento
Llorando por la rabia
Escribiendo cartas que no envías
Odiando por creer que me alejo
Buscando cada pequeña verdad
Porque todos los sentidos son uno
Sentimiento
Sentimiento
De día anhelo
De noche soledad
De día teléfono
De noche sueños

Siento lo que sientes
Siento lo que siento
Sentimos lo que tenemos
Sentimos lo que perdemos
Sentimos lo que vivimos
Sentimos lo que deseamos
Sentimos lo que sentimos
Siento lo que somos
Siento lo que seremos
Siento
Estamos hechos de sentimientos
Somos un sentimiento
Sentimiento
Sentimiento


EL POEMA DE ABRIL

DEJAME SER

   
Antes de dormir déjame que entre en ti.
    Antes de despertar déjame que entre en ti.
    Antes de morir déjame vivir en ti.
    Déjame, déjame, déjame que lo intente hasta el fin.
    Déjame ser tu amante esta noche.

    Déjame ser tu amante esta noche.
    Déjame ser tu amante esta noche.
    Déjame ser tuyo el resto de tus vidas.
    Me alimento de ternuras y esos besos,
    que se rompen y nos lavan las heridas,
    como imágenes de amor en los espejos.

    Déjame ser tu amante esta noche.
    Déjame ser tu amante esta noche.
    Y dormir en el silencio de esos gritos.
    Dejar en tus quebradas estas huellas,
    para amarte con mis dedos ya marchitos,
    y soñarte mientras tocas las estrellas.

    Déjame ser tu amante esta noche.
    Déjame ser tu amante esta noche.
    Como fuimos en mil vidas ya pasadas.
    Geografía del amor que vivo y canto,
    en tu cuerpo mil pasiones no gastadas,
    al hurtarle a la muerte tanto espanto.


Capítulo 8 de "El enigma maya", primera parte de la trilogía "Las hijas de las tormentas", editada por Edebé en castellano y catalán en marzo de 2008.

    Al despertar, lo primero que notó fue el crujir de su estómago.
    Se quedó en cama unos minutos, la misma cama en la que había dormido su padre hasta su misteriosa desaparición, despejando la mente, aclarando ideas, ordenando los acontecimientos y tratando de verse a sí misma a lo largo del día. Cuando la azotó un segundo crujido estomacal se incorporó, se metió en la ducha y se vistió de la forma más cómoda posible para desayunar algo.
    Su presencia en el comedor del hotel no pasó inadvertida. Para los clientes, turistas ávidos de cultura e historia por el lugar en que se encontraban, era una más. Para el personal del Xibalba no. La atendieron rápidamente y con mimo, expectantes, incluso con una atención por encima de la habitual, superando la eterna y exquisita cortesía clásica en la mayoría de países latinoamericanos. Le preguntaron cómo había dormido, cómo se encontraba y le reiteraron que cuanto quisiera, sólo tenía que pedirlo.
    Luego la dejaron tranquila.
    Desayunó.
    Y por supuesto no fue casual que justo al sorber la última gota de su café, apareciera él.
    Era un hombre de algo más que mediana edad, cincuenta y muchos años, no muy alto, relativamente orondo, hebras de plata en la cabeza y bastón con empuñadura de verdadera plata en la mano, aunque no daba la impresión de tener ninguna dificultad para caminar. La sotabarba si era generosa, y las bolsas bajo los ojos, perspicaces, vivos. Vestía con corrección, incluso con exceso de elegancia dada la temperatura, porque llevaba una chaqueta de lino por encima de su camisa abotonada hasta el cuello.
    La iluminó con una sonrisa antes de comenzar a hablar.
    —Señorita Mir.
    Joa dejó la taza y lo contempló sin ambages. Con una desaparición de por medio, el misterio y el registro de su casa de Barcelona o las cosas de su padre allí, simplemente estaba en guardia. Cualquier noticia podía ser buena, o mala.
    Lo único que hizo fue esperar.
    —¿Puedo sentarme?
    —¿Quién es usted?
    —Permítame que me presente —le tendió una mano flácida—. Me llamo Nicolás Mayoral. Quería hablarle de Julián Mir —pronunció el nombre con respeto.
    No parecía mexicano, hablaba un español correcto, sin acentos, neutro. Era la primera persona que quería hablarle de su padre.
    Intentó no transmitir emoción alguna.
    —¿Le conoce?
    —¿Puedo? —insistió el aparecido.
    Joa asintió y esperó a que se acomodara. No se quitó la chaqueta, pero sí dejó el bastón apoyado en la mesa, cerca de su mano derecha. La empuñadura tenía forma de cabeza de león, melena incluida. Un simple detalle. El personal del hotel volvía a mirarla, pero sus rostros tampoco le dijeron mucho.
    —¿Cómo sabía que estaba aquí?
    —Palenque es un pueblecito muy pequeño.
    —¿Le avisó alguien del hotel?
    Nicolás Mayoral exhibió una sonrisa de complicidad.
    —¿Qué importa eso, señorita? Lo único que sí cuenta es que está aquí, buscándole.
    —¿Sabe dónde está?
    —No —le mostró las palmas de las manos abiertas—. Lo siento.
    —Entonces...
    —Necesito su ayuda, y usted la mía.
    —¿Por qué?
    —Porque usted no sabe lo que está ocurriendo y yo sí —fue sincero a la par que contundente.
    —¿Y qué está ocurriendo, señor Mayoral?
    —¿Puedo hacerle unas pocas preguntas primero? Después responderé a todas las suyas.
    Lo evaluó.
    —Adelante —dijo sin que trasluciera su nerviosismo, controlando cada gesto y la entonación de cada palabra.
    —¿Trabaja usted mucho con su padre?
    —Tengo mis estudios. Cuando puedo le acompaño, en verano, Navidad...
    —Así que últimamente...
    —El curso académico en España arranca en septiembre. Desde entonces apenas si le había visto.
    —¿Sabe qué estaba haciendo en México?
    —No.
    El hombre arqueó una ceja. Más que duda reveló sorpresa.
    —Mi padre siempre estaba excavando o investigando en algún lugar. Es un enamorado de su profesión, una persona que vive en el presente buscando las respuestas del pasado.
    —Y no le dijo que buscaba ahora —no fue una pregunta, sino una aseveración.
    —Palenque es un tesoro con mucho por desenterrar y descubrir. No era la primera vez que estaba aquí. Me hablaron en la Embajada de unas nuevas tumbas recién abiertas, la veinticinco, la veintiséis y la veintisiete.
    —Entiendo —suspiró el hombre acariciando con una mano la cabeza de su bastón, igual que si le rascara la melena al león.
    Joa se movió con inquietud.
    —¿Qué es lo que entiende?
    —¿Qué sabe de su madre, señorita?
    Era lo último que esperaba, que el recién llegado le hablara de su madre.
    —¿Perdone? —no le ocultó su incredulidad.
    —Responda, por favor.
    —¿Qué tiene que ver mi madre con todo esto?
    —Se lo diré. Pero primero le toca usted. Es lo que hemos convenido.
    —Mi madre desapareció hace años, el 15 de septiembre de 1999, siendo yo una niña. Han pasado trece años.
    —¿Y?
    —Nada más, eso es todo —intentó no encolerizarse, aunque no sabía por qué se sentía furiosa.
    —¿Conoce su origen?
    —¿Qué tiene que ver...?
    —Respóndame, se lo ruego.
    —Fue encontrada en la tierra de los huicholes. La adoptó mi abuela y vivió allí hasta la llegada de mi padre. Se enamoraron, se casaron y vivió en Barcelona hasta su desaparición.
    —¿Eso es todo?
    —¡Sí!
    —¿Y no le extraña que ahora sea su padre el que haya desaparecido?
    Tuvo la sensación de que el hombre era un gato y ella un ratón. Como si jugara antes de decidir zampársela. Nada de lo que acababa de decirle le era desconocido, estaba segura.
    —¿Por qué no me cuenta su historia, señor Mayoral? —se cruzó de brazos y apoyó la espalda en el respaldo de su silla.
    —Es justo —asintió él—. Adelante. ¿Qué quiere saber?
    No sabía ni por donde empezar. Volvía el recuerdo de su madre en medio de la desaparición de su padre, y se mantenía la incertidumbre, la tensión, la duda acerca de quién era su visitante...
    Así que, ante todo, buscó la forma de serenarse.
    No permitir que él llevara la iniciativa.
    A fin de cuentas, si aquel hombre estaba allí era por algo.
    —¿Quién es usted? —fue su primera pregunta.


Capítulo 2 de "Lágrimas de sangre", editada  por Alfaguara en marzo de 2008.

   
Se sentó en la cama, despacio.
    Otras veces la había abrazado. Otras veces había dejado que ella llorase en silencio, sin decir nada. Otras veces...
    Su padre ya no le ponía la mano encima estando él. No se atrevía.
    ¿O era una casualidad?
    —Mamá...
    La mujer movió la cabeza un par de veces, de lado a lado; no supo si para protegerse, negarle la imagen o buscar una forma mágica de cambiarlo todo. Continuó con las manos tapándose el rostro en un gesto inútil.
    —Joder... —rezongó él sintiendo un océano de desconsuelo bajo su alma.
    —Apaga la luz.
    No la obedeció. No podía. Se sentía agarrotado.
    —Apa... gala —se lo repitió hipando al confundirse su respiración con un espasmo—. Me hace... daño en... los ojos.
    La obedeció, para evitarle el dolor de extender la mano y hacerlo por sí misma. La luz que los arropaba provenía ahora del exterior y proyectaba una aureola de difusa penumbra en su contorno, opaco el de ella, oscuro el suyo. A medida que la desesperación le sobrecogía, intentó sobrellevarla con un atisbo de calma extraído de no sabía dónde.
    Aunque fue su madre la que volvió a hablar.
    —No es nada... en serio... —siguió hurtándole la imagen de su cara—. Más aparatoso... que otra cosa.
    —Mamá, no digas tonterías —ya no pudo más—. ¿Es que no te has visto? ¡Estás tumefacta!
    La mujer hizo lo posible para hundir la cabeza en la almohada. No lo consiguió. A pesar de mantener las manos en la cara los ribetes del estropicio facial se hacían evidentes. La comisura del labio mostraba una explosión de sangre, la punta de la nariz asomaba hinchada y desproporcionada, el hirsuto cabello orlaba el campo de batalla bajo el cual era fácil imaginar los ojos, violáceos, tal vez demasiado abrasados para poder abrirlos. Las manos también se ofrecían deformes, como si muchos golpes hubieran ido a parar a ellas ante el instinto de supervivencia y protección.
    El agudo aunque débil gemido surgido de su garganta le indicó que estaba llorando.
    Hizo lo único que podía hacer en un momento como aquel.
    Ponerle una mano en la cabeza.
    Su madre se estremeció con el contacto.
    Y el gemido se hizo más abierto.
    —¿Dónde está?
    No hubo respuesta. La crispación se convirtió en angustia, al límite del quiebro total.
    —¿Dónde está, mamá? —repitió la pregunta.
    Por segunda vez no hubo respuesta.
    —¡Mamá! —ya no pudo más—. ¿Dónde está?
    —¡No lo sé! —logró hacerla reaccionar.
    —¿Se ha ido?
    —Sí.
    —¿Y qué ha sido esta vez, eh? ¿No le gustaban los raviolis? ¿Estaban fríos, demasiado calientes? ¿Qué?
    —Marcelo, por Dios...
    —No, ya está bien de por Dios y de no pasa nada y de que ha sido un mal día y de todo lo demás —lo expresó con un cansancio infinito, sin necesidad de alzar la voz o dominarla—. Ya no, mamá, ¿vale? Ya no.
    —Hijo, tú no sabes.
    —¡Pues dímelo tú! ¿Qué es lo que no sé? ¡Ya no soy un crío!
    Por primera vez ella apartó una mano de su rostro y la condujo hasta él, para acariciarle la mejilla. Fue un gesto maquinal, empujado por el amor, olvidándose de su protección. Descubrir el mapa del horror humano de su rostro hizo que Marcelo tragara saliva. Una geografía cárdena y brutal, salvaje, de norte a sur y de este a oeste, que iba desde la frente hasta la barbilla y desde una oreja a la otra. El ojo izquierdo no podía ser abierto, y el derecho permitía ver a duras penas una pupila sanguinosa con una lágrima que dejaba un rastro oscuro en dirección a la almohada.
    Una lágrima de sangre.
    —Escucha, Marcelo —la voz de la mujer recuperó un leve tono de dignidad y humanidad—. Los hijos... siempre juzgan a sus mayores, siempre, y por lo general no... no entienden... no aciertan a comprender... —detuvo el gesto de su hijo, dispuesto a estallar de nuevo—. Tu padre lo ha pasado mal, ¿de acuerdo? Ha estado... está mal, y yo no... No sé... —dominó la bola que le impedía hablar, con un deje de resistencia—. El paro, la bebida...
    —¿Y antes qué?
    —No era así —lo defendió ella.
    —¿Que no era así? —abrió los ojos al límite de su incredulidad—. ¿Has perdido la memoria o estás loca? ¡Papá siempre ha sido así y ha ido a peor, de los arrebatos del comienzo a lo de ahora! Sigue ciega si quieres, pero esto... —su expresión mostró el desagrado que la visión le producía—. Cada vez es peor, ¿no te das cuenta? ¡Va a matarte!
    —No digas tonterías.
    —¡Va a matarte! —quiso sacudirla para que lo entendiera.
    —Tu padre...
    —¡Mi padre es una bestia!
    —¡No, no! —mezcló el grito con la desesperación, aterrorizada más por lo que estaba oyendo o por la idea de que fuese cierto que por la certeza de su estado—. ¡Tu padre es un hombre como todos, con sus problemas, la vida...!
    —¿Y tú qué?
    —No he sido la mujer perfecta —gimió.
    —¿Pero qué estás diciendo?
    —Siento que le... he fallado... tanto —la emoción amenazó con ahogarla.
    —¿Encima va a ser culpa tuya? —se horrorizó él—. ¿Estás loca o qué?
    —¡Marcelo!
    —¡Loca, sí! ¿Vas a tragarte toda esa mierda de la autocompasión y el flagelo? ¿Culpa tuya? ¿De qué? ¿Y cómo le has fallado, dime? ¡Eso es lo único que saben decir todas las que acaban en el hospital, o muertas, en primera página de los periódicos de toda España, y con los maridos suicidados! ¡Joder mamá, que es así!
    Ya no logró hacerla reaccionar. Se envolvió en un estado catatónico, aplastada contra la almohada y llorando con la boca abierta, sin hacer el menor ruido.
    Una prolongación de su oscuridad interior.
    Marcelo volvió a sentir toda aquella impotencia.
    Repetida siempre.
    —Voy a llamar al médico —se hundió en sí mismo.
    Su madre se revolvió como impelida por un resorte.
    —¡No!
    —Mamá, puedes tener algo interior.
    —¡Estoy bien! —sus ojos reflejaban la alucinación de la que era víctima.
    —¡Lo que no quieres es denunciarle, ni que un médico dé el parte o te vea así!
    —¿Cómo... voy a denunciarle? —se asustó más que si fuera a recibir una nueva paliza.
    —¡Te va a matar! —se lo dijo de nuevo.
    —¡No digas tonterías! —apareció de un remoto lugar su carácter de madre—. ¡Unos golpes no matan a nadie!
    —Por Dios, mamá... ¿te estás oyendo? ¿Te das cuenta de lo que dices? Estás ciega como lo están todas las que tragan y tragan, y aguantan y aguantan. ¡Tienes que denunciarle o aquí habrá una desgracia! ¿Quieres que lo haga yo!
    —¡Marcelo, ni se te ocurra! —le agarró por un brazo, furiosa—. Es tu padre...
    —¡Sólo lo fue un minuto, mientras se corría en ti, y probablemente ni eso!
    La bofetada fue dura, enérgica. Un ramalazo de furia materna. Tuvo que hacerle daño en la mano, porque se lo hizo a él en la mejilla, desguarnecido, cogido de improviso.
    Los dos se quedaron muy quietos.
    Arrepentida ella, consternado su hijo.
    Marcelo cerró los ojos.
    Tardó unos segundos en ponerse en pie.
    —Voy a avisar a la señora Agustina —suspiró rendido.
    —No, por favor.
    —No voy a quedarme aquí, como un gilipollas, y además he de salir. No puedo... —su gesto fue desabrido y agotado—. No quiero dejarte sola, ¿vale? Ni sola ni en casa.
    —Estoy bien.
    —Voy a llamarla.
    —Pero es que siempre la molestamos...
    —Hoy pasarás la noche en su piso. Sabes que no tiene a nadie y que no le importa.
    —Ya no volverá —musitó la mujer.
    —No lo sabes.
    —Siempre que pasa esto se va y no vuelve hasta mañana.
    —Siempre que pasa esto —Marcelo movió la cabeza de arriba abajo.
    —Hijo... —pareció a punto de romper a llorar una vez más.
    —Ya, mamá, ya —agotó el último argumento.
    Se dirigió a la puerta de la habitación, renunciando a su mano extendida en busca de una caricia, en busca del perdón por la bofetada.
    Cuando salió del alcance de su vista se dio cuenta de que mientras su corazón y su mente estaban al rojo, sus piernas temblaban.



EL POEMA DE MARZO

Las puertas del cielo

Soy mitad ángel mitad demonio
    Soy el hombre que perturba tus sueños
        Soy el ser al que has dado la vida
            Llamando a las puertas del cielo
                Mientras cierro la del infierno
Soy el día y soy la noche, pero más el amanecer
    Y más aún el crepúsculo de fuego
        Ardiendo en tu horizonte desnudo
            Porque estoy en todos tus anocheceres
                Metido en tu cama de luces


Soy calor, soy luz, soy rayo de tormenta
    Soy tu fuerza teñida de Arco Iris
        Soy la mano que te da la compañía
            Gritando a las puertas del cielo
                Mientras escapo silencioso del infierno
Soy una parte de agua y otra de tierra
    Una de aire y el resto de brasas vivas
        Calentando tu espíritu en secreto
            Nunca volveremos a temblar de frío
                Con el amor quemándonos el alma


Soy el tiempo que nos queda
    Soy tu amor hecho frontera
        Soy polvo de mil estrellas
            Viniendo a las puertas del cielo
                Mientras me olvido para siempre del infierno
Soy tu carne y tu ansiedad
    El placer que nos palpita
        Y los sentimientos que nos han despertado
            Justo a tiempo para saber
                Que nos queda un infinito por vivir y conocer


Las puertas del cielo
    La puerta del infierno
        Extremos de una misma cuerda
            He transitado tantas veces por ella
                Funámbulo desesperado
                    Que ya no sabía si iba o venía
                        Hasta que me diste tu mano


EL POEMA DE FEBRERO

Soy

Soy un hombre escondido
    en mi sombra, quieta espera
Atravesado por vacíos
    silenciosos, noche entera
Soy un hombre de paciencias
    infinitas, corazón de plata
Desbordado de ternuras
    vivas, que el tiempo mata

Soy un hombre plantado
    en una maceta, que mira
Volando sin alas
    muy alto, por lo que aspira
Soy un hombre que camina
    de espaldas, el payaso
Buscando horizontes nuevos
    y soñando, por si acaso

Soy un hombre cargado
    de emociones, sin gastar
Viviré mil años y después
    caeré, volviendo a empezar
Soy un hombre de esperanzas
    eternas, mientras exista
No dejaré que me alcancen
    nunca, será mi conquista


EL CUENTO-POEMA DE DICIEMBRE Y ENERO

CON LO SENCILLO QUE ES

Gynzpfy llegó en su plateada cápsula de metal
Traía consigo todas las estrellas del infinito
Y la luz de mil soles incrustada en sus cinco retinas
    —Ha sido un viaje fantástico —dijo—. Un viaje alucinante.
Zompftze se fundió suavemente con él
Tuvieron una inmediata descarga erótica
    —¿Dónde has estado? ¿Qué has visto? —preguntó ella.
Sus antenas vibraban con emociones abiertas
    —He estado en Himzbwy, en RK-9 y en Aaz,
    y también en un lugar llamado Tierra.
    Allí había personas como nosotros, como tú y yo.
Zompftze penetró en su ordenador mental
Allí vio los recuerdos y las imágenes
    —Qué extrañas criaturas —suspiró divertida.
    —Quería traerte una como regalo, pero lo dejé
    Son seres químicamente inestables, ¿y sabes lo peor?
La nave se enfriaba en el jardín de plástico
El hogar era confortable y desprendía volutas de paz
Gynzpfy esparció sus moléculas por el espacio
    —¿Qué es lo peor? —quiso saber Zompftze
Tocó un rayo de luz. Se bañó en un fragmento de tiempo
    —Son unos locos primitivos —dijo él—,
    se pasan la vida buscando la felicidad.
Ella cambió de color, se deshizo y volvió a reconstruirse
Mientras sus generadores la hacían reír
    —¿Y qué hacen cuando no la encuentran?
    —Se mueren y desaparecen, ¿no es estúpido?
Zompftze lo envolvió y tuvieron otra descarga
    —¿Así que todavía no lo han descubierto?
    —No —dijo él relajándose en un azul intenso.
    —Debe de ser triste, ¿no te parece, cariño?
    —Comenzaron a vivir al revés, eso es todo.
    Dejaron lo más importante para lo último.
Zompftze movió sus terminaciones elásticas
Abrió una alacena de cristal y cogió las píldoras
    —Con lo sencillo que es —pensó reflexiva.
    Y le dijo a Gynzpfy—: ¿De qué color la quieres?
Él sonrió con su cavidad ventral, un momento
    —Hoy la quiero verde —escogió.
    —Yo la tomaré rosada —prefirió ella.
Tomaron las píldoras. Afuera se había hecho la oscuridad
La felicidad comenzó a hacer su efecto maravilloso
    —Ven —dijo Gynzpfy—. Tengamos una descarga más
Y pasaron la larga noche de un millón de tiempos
Haciendo el amor llenos de felicidad.



EL POEMA DE NOVIEMBRE

SUITE DE LOS PUENTES
(Una historia de amor de cada día)


Primer Puente

Fíjate,
le dije a mi imagen en el espejo.
Todos tenemos dos ojos
pero no son iguales.
Uno de nuestros ojos ríe
mientras el otro llora.
Uno de nuestros ojos miente
mientras el otro le canta a la verdad.
Uno es feliz
y el otro parece preocupado.
Basta con poner un papel vertical
sobre la fotografía.
O separar las dos partes de una cara.
Fíjate,
le dije a mi imagen en el espejo.
Si pongo otro espejo
la mitad de mi cara
es distinta de la otra mitad.
Entonces,
¿quién soy yo?
Y mi espejo no me contestó.
Así que levanté el puente,
el puente que separa mis dos ojos,
mis dos mitades,
mis dos aspectos,
y volví a ser yo mismo.
Ningún puente te permite llegar.
Ningún puente te cruza a un lado
desconocido.
No hay puentes para unir risas y lágrimas.
Ni siquiera los hay entre tus ojos
Tú eres el horizonte
y yo quien necesita llegar
hasta ti.

Segundo Puente

Al bajar a la calle estabas en mí.
En mi pensamiento,
mi gravedad,
mi miedo.
Seguí pensando en el espejo,
pero también en tu llamada.
Los extraños mensajes
de nuestra conversación.
¿Por qué será que le temo al amor?
Alguien dijo que la pasión destruye.
Es posible que te conociera.
Hay una gran distancia entre los dos
y ningún puente capaz de salvarla,
a menos que juntos nos encontremos
a mitad de la corriente
y dejemos que sea ella
quien nos arrastre hacia lo más profundo.
Pedimos la paz en mitad de cada guerra.
Buscamos la guerra en el aburrimiento de la paz.
Dime, sombra inquieta en mi pensamiento,
¿puedes darme más amor que lágrimas?
¿Valdrá la pena desafiar al tiempo
y jugar al filo de lo imposible?
Hay muchos puentes por salvar
pero el primero siempre es el primero.
El más importante, el más duro.
¿Dónde podemos encontrarnos tú y yo?
¿Construimos el puente o nos perdemos
olvidando la tentación de tenernos?
Te quiero porque eres prohibida,
pero mis manos ya han construido
demasiados puentes
y siguen estando vacías.

Tercer Puente

Había tanta luz en nuestro primer día.
Aquella mirada.
Aquella atracción, suspendida en el tiempo.
Supimos que era inevitable.
Dimos el primer paso.
Quedamos flotando en una esfera.
No hizo falta un puente.
Dimos un salto.
Nos encontramos empujados por el miedo.
Luego,
el amor nos hizo concebir la distancia.
¿Es un sueño?
Quisiera tener aquel puente hecho canción.
¿Recuerdas?
Un puente sobre aguas turbulentas.
¿Pero cuál de mis ojos miras?
¿Que mitad de mi cara ves?
¿Es la que ríe o es la que llora?
Necesitaríamos mil puentes
para salvar todas las distancias,
y es tan duro el primer paso.
Vamos, pon un cristal,
un espejo en mitad de mi cara.
Deja que te dé mi sonrisa
a cambio de tu corazón.

Cuarto Puente

¿Y tú?
También ríes y lloras.
Hay un largo, largo puente,
llamado edad, recelo, nostalgia.
Siempre cogido a contratiempo.
En el momento de tocarte por primera vez,
de sentirte y acariciarte,
el puente se hizo quebradizo.
Hoy temo que se convierta en vacío.
Mi paz hace todos los caminos,
pero tu guerra abate todos los puentes.
¿Por qué son siempre destruidos?
Escucha.
Bastaría con trenzar una senda
en el cielo,
que fuera sólo tuya y mía.
Encerrarnos en una urna de cristal.
Parece tan estúpido hablar de amor.
Parece tan ridículo permitir
que los sentimientos nos conmuevan.
Necesitaríamos mil vidas
y la esperanza
de poder compartir una sola.
Hay demasiados laberintos
y muy pocos puentes.
Si pudieras recorrer los caminos
de mi soledad,
llegarías hasta el último puente.
El último paso.
La última esperanza.
Si pudieras venir hacia mí
no haría falta ningún puente.
Si pudiera llegar a tenerte
no haría falta
soñar.

Quinto Puente

Todo ha sido hermoso.
He vuelto a casa navegando
por calles oscuras y mundos cerrados.
Paso a paso.
Puente a puente.
Recordando.
Vivir es la quimera de toda ilusión.
Nunca sabemos si es bastante,
si es suficiente.
Amar sigue doliendo.
Esta es nuestra historia.
Este es nuestro sueño.
Espera,
deja ese recuerdo quieto
antes de que me asome al espejo
y descubra que mis dos ojos
mis dos mitades,
están llorando,
o sonriendo,
o ambas cosas,
o...
Mañana volveré a buscar otro puente
para decirte
que te quiero.


EL POEMA DE OCTUBRE

Volveremos

Volveremos a creer
Volveremos a luchar
Volveremos a saber
Volveremos a confiar
Sólo es un poco de tiempo, vida mía
Un poco de tiempo que se nos va
Perdido entre toda la fantasía
En este camino hacia el Más Allá
Volveremos si deseamos existir
Y moriremos si no nos importa morir

Volveremos a pensar
Volveremos a querer
Volveremos a ganar
Volveremos a entender
Sólo es una idea feliz, dulce amor
Una idea feliz que nos lo pone fácil
Esquiva entre todo este rencor
Que hace de nosotros algo tan frágil
Volveremos si deseamos resistir
Y moriremos si no nos importa morir

Volveremos a tener
Volveremos a esperar
Volveremos a correr
Volveremos a dar
Sólo es una esperanza, corazón
Una esperanza que nos permite la grandeza
Flotando entre cielos de ilusión
Y con las manos llenas de entereza
Volveremos si deseamos vivir
Y moriremos si no nos importa morir


CAPITULO 3 DE "LAS FRONTERAS DEL INFIERNO", EDITADA POR SM EN SU COLECCIÓN ALERTA ROJA EN SEPTIEMBRE DE 2007

   
Octavio, el hijo del primo de su padre, tenía un año más que él, diecisiete. Llevaba seis años en España y apenas si se acordaba de cuando jugaban juntos en Quito. Era como si en el pasado ya se hubieran formado las primeras lagunas. El tiempo adquiría nuevas formas y dimensiones. De lo que sí se acordaba era de que Octavio, por ser mayor, siempre había sido el jefe, y de que él le seguía a todas partes como un corderillo, a veces incluso metiéndose en líos y problemas.
    Líos y problemas que siempre caían sobre sus espaldas.
    —¿Cómo va el jet lag?
    —Bien —fue sincero.
    —Vamos, te mostraré el barrio, para que sepas por donde moverte.
    —¿Ahora?
    —El lunes empiezas a trabajar. Tienes dos días. No es mucho para ponerte a punto, ¿no crees? Esto no es Quito.
    No, no era Quito.
    Ni siquiera había una montaña que utilizar como punto de referencia, como su Panecillo, con su impresionante vista sobre la parte colonial de la capital.
    —Está bien.
    Su madre estaba en la escalera, hablando con otras mujeres, integrándose. Ellas le preguntaban cosas del país que había dejado atrás, y ella por su parte les preguntaba cosas del país que tenía por delante. Era una conversación a seis voces en la que se mezclaban opiniones, consejos, recuerdos, risas...
    La presencia de los dos jóvenes hizo que dejaran de hablar un momento.
    —Me llevo a Tasio a dar una vuelta.
    —Qué alegría que estés aquí, Octavio —suspiró la mujer—. Así no se sentirá solo ni desubicado.
    —Pues claro.
    Bajaron por la escalera. Del rellano les llegaron los últimos comentarios.
    —¡Que guapo es su hijo, Coralita!
    —¡Arrasará! ¡Las muchachas se lo disputarán en cuanto le vean!
    —¡No, no, para mí Lucecita, yo le hablo!
    La tormenta de risas los despidió.
    Ya en la calle, Octavio le pasó un brazo por encima de los hombros. Tenían la misma estatura.
    —Lo primero será ponerte ropa adecuada.
    —¿No voy bien?
    Octavio echó a andar hacia su izquierda, guiándole con la presión de su brazo. Tasio lo miró de reojo. La camiseta amplia, muy amplia, los pantalones bajos, muy bajos, con las perneras rozando el suelo, las zapatillas deportivas aparentemente nuevas, los gruesos collares colgando de su cuello, los diversos anillos en las manos, la cadena con la llave de su piso, los tatuajes visibles en los brazos, con imágenes de Jesucristo, una corona de espinas, una serpiente enroscada...
    Y el pañuelo verde en la cabeza.
    —Has venido en una buena época —le dijo Octavio—. La primavera y el verano son estupendos, mucho calor. Luego llega el tiempo triste, el otoño, y para cuando descarga el invierno... —se estremeció.
    —Mi padre dice que a veces la temperatura llega a menos de cero grados.
    —Y nieva. Esa sí es toda una experiencia.
    —No sé si sabré acostumbrarme al frío —reconoció él.
    —Primero es duro. Hay que dormir con mantas, que pesan y te aplastan. Hay resfriados, a más de uno se le ponen los dedos como salchichas por los sabañones, oscurece muy temprano... Luego te acostumbras —se encogió de hombros—. Uno se acostumbra a todo, y esto está bien. Si eres listo puedes hacerte el amo, y ganar mucha plata.
    —¿Cómo?
    —Bueno —alargó la e y se encogió de hombros por segunda vez—. Hay que verlas venir, y adaptarte, y saber escoger el momento... Ya sabes.
    No, no sabía. Pero no se lo dijo.
    El dinero que su padre había enviado aquellos cinco años fue muy importante, para mejorar, pagar deudas, tener una vida digna, comer, estudiar...
    Sobre todo estudiar.
    Allí la palabra sonaba extraña.
    —Te voy a mostrar nuestro saludo —Octavio se detuvo y le cogió la mano derecha—. Primero cierras el puño y se lo ofreces al que tienes delante. Él hace lo mismo y entrechocáis los nudillos tres veces. A continuación unís los dedos índices, tirando con fuerza, y para terminar pones el brazo así, con el puño a la altura del pecho, y lo cierras haciendo un gesto de fuerza.
    —¿Y para que necesito conocer ese saludo?
    Octavio reemprendió la marcha. Su tono era de lo más familiar.
    —Esta noche o mañana te presento a los demás, te cuento dónde nos vemos, qué hacemos para pasarla bien, dónde bailamos... Y en cuanto pueda y me den permiso, te llevo con nuestro grupo.
    —¿Grupo?
    —Nosotros lo llamamos grupo. Los demás banda. Da lo mismo. Son los hermanos. Habrás de afiliarte —le dijo Octavio con la mayor de las naturalidades.
    —Espera, espera —se detuvo en seco en mitad de la calle—. ¿Tú eres de una banda?
    —Todos nosotros lo somos, primo.
    —No vine a España para eso —lo miró con gravedad.
    Octavio alzó las cejas. Primero pareció sorprenderse, después molestarse. Finalmente cinceló en su rostro del color del cobre una sonrisa cómplice.
    —Tú no sabes, Tasio.
    —Sé lo suficiente. En Quito ya tuve algunos problemas.
    —Conozco la historia, tu valor. Pero allá es distinto. Aquí somos extraños, y si no estamos unidos, si no defendemos a nuestras mujeres y hermanas, es como aceptar la sumisión y la derrota.
    —¿De qué derrota hablas? No estamos en guerra.
    —Nosotros, la Nación Latina, no lo estamos —concedió Octavio hablando despacio—. Pero los otros sí. No somos violentos, te lo digo. Somos diferentes a las demás bandas. Pero si no nos defendemos vienen ellos y ¡pum!, ¿entiendes? Por eso la formamos y nos llamamos así. Si no formas parte de algo estás solo, y si estás solo no existes, estás muerto, eres un blanco fácil. Vamos, ven —le tomó del brazo y lo arrastró unos pocos metros, hasta un escaparate delante del cual se detuvieron—. ¿Qué ves?
    —A ti y a mí.
    —No somos blancos, somos mestizos, y lo seremos siempre. Podremos trabajar, salir adelante, casarnos y tener hijos acá, pero seguiremos siendo lo que somos, con este aspecto. Fíjate en ti.
    Tasio estudió sus facciones, menos indígenas que las de Octavio, con la piel mucho más blanca que la suya aunque no del todo. Era la imagen que cada día le transmitía el espejo.
    —Eres guapo, primo —le hizo notar Octavio—. Aquí te comerás a muchas hermanitas. Pero no te engañes. Tu aspecto no es europeo. Para ellos —abarcó el mundo en general abriendo los brazos— siempre serás un emigrante, un ser inferior, de tercera clase. No puedes ganarte el respeto tú solo. Necesitas a los hermanos. Necesitas al grupo. Y eso es lo que somos nosotros —su voz se pobló de orgullo al pronunciar las dos palabras finales—: Nación Latina.
    Tasio se apartó del escaparate.
    Octavio no reaccionó hasta que hubo cubierto media docena de pasos.
    —Todo se te hace raro, ¿verdad? —volvió a pasarle el brazo por encima de los hombros—. Bueno, te adaptas rápido. No hay problema. Tómate tu tiempo aunque...
    —¿Qué? —lo apremió al ver que se detenía.
    —Si te matan tendrás toda la eternidad, pero para arrepentirte —puso punto final a su alocución Octavio.


CAPITULO 1 DE "RADIOGRAFÍA DE CHICA CON TATUAJE", PUBLICADO POR LA GALERA EN OCTUBRE DE 2007 EN SU COLECCIÓN EL CORSARIO

   
Nunca había estado en una cárcel, y hasta el aire era un prisionero más.
    —¿Me deja el DNI?
    Se lo entregó al funcionario. Lo examinó como si fuera el primero que viese en su vida.
    —Su abogado ha concertado esta cita —casi se vio obligada a decir Carla.
    —Sí, claro.
    Una estupidez. Se calló. Mejor no abrir la boca. El funcionario tomó finalmente nota de su número y le entregó una credencial.
    —Póngasela a la vista —le recomendó—. Y siga las instrucciones de los guardias en todo momento.
    —De acuerdo, gracias.
    Era un hombre de mediana edad. Aun así, su mirada la desnudó. O tal vez fuese por ello, porque allí no se veían mujeres, y menos como ella, ni mayores ni jóvenes, salvo las visitas. Carla se sintió amargada. Las miradas de los hombres mayores siempre la atravesaban. La mayoría tal vez tuviese hijas de su edad.
    —Acompáñeme —el relevo también la trató de usted.
    Se movió igual que un autómata. Mejor dicho, la guiaron. Pasó de mano en mano mientras el eco de sus pisadas resonaban por aquellas paredes vacías y desnudas. Cada puerta que se abría lo hacía con estruendo, y al cerrarse expandía el tono metálico de sus goznes y sus hierros por doquier. Sólo faltaba el sonido de las cadenas, como en los viejos chistes en los que se veía a los condenados con ellas y una bola de hierro, para que no escaparan.
    Escapar.
    Carla quiso hacerlo.
    Siguió caminando. Llegar hasta allí no le había sido fácil. Ahora tenía que verle.
    Saber.
    —Espere aquí —le dijo el último guardia.
    Esperó, nerviosa, con las manos unidas y apretadas al máximo. Tuvo unos incontenibles deseos de orinar, de pronto, y eso la hizo sentirse más ridícula. Orinar en la cárcel. Ni loca. ¿Y si no había un lugar donde las visitas pudieran hacerlo? Se acercó a la ventana enrejada, para distraerse, y al otro lado descubrió un patio atiborrado de reclusos, de todas las edades pero mayoritariamente jóvenes. Estuvo a punto de gemir. Se llevó una mano a la boca y lo abortó. Tuvo que mordérsela. Se le antojó un purgatorio, ni siquiera un infierno, sólo un purgatorio repleto de almas perdidas. Hombres que esperaban, hombres que morían un poco día a día.
    Nunca como hasta ese momento había valorado más el concepto de la libertad.
    Y él estaba allí.
    Carne de presidio.
    Escuchó el ruido a su espalda y se volvió. Diego entraba por la otra puerta acompañado del mismo guardia que le había dicho a ella que esperase. Trató de ser fuerte y a duras penas lo consiguió. El aspecto de su novio no era el mejor. No estaba para tirar cohetes. Su estatura, su buena imagen, todo lo que la había enamorado y seducido, quedaba ahora oculto bajo una pátina de oscuridad y depresión. Las bolsas bajo los ojos, un par de kilos menos, el cansancio, el fantasma del miedo...
    —Siéntate —le ordenó el guardia.
    Curioso. A él le trataba de tú. Era un reo. A ella en cambio de usted.
    Y se dio cuenta de que allí, su cabello rubio, su esbeltez, su sensualidad, incluso la misma ropa con la que se había vestido para que él la viera guapa, eran como una burla. Un cisne entre cucarachas.
    No dijo nada. Esperó.
    Sólo sostuvo la mirada de Diego.
    Parecían haber pasado mil años.
    —Señorita —el guardia le mostró a ella su silla, al otro lado de la mesita que iba a separarles. El tiempo ya corría en su contra, así que le obedeció.
    No supo si podía cogerle las manos. Ella las dejó sobre la mesa.
    Diego sí lo hizo.
    Se estremeció.
    —Carla...
    —Hola —se sintió muy cansada.
    —¿Cómo estás?
    —Bien —se encogió de hombros.
    —Gracias por venir.
    —¿Por qué me das las gracias?
    —No sabía si querrías. Le dije a mi abogado que necesitaba verte, por encima de todo. Sólo a ti.
    —Ya estoy aquí.
    —Carla, escúchame —bajó la cabeza, buscó las palabras. Tenía mucha labia, sabía hablar, embaucar, formaba parte de su encanto. Pero allí era otro. Allí era un cuerpo más, con la mente desnuda—. Quería que me miraras a los ojos... ¿Sabes. Quiero decir que...
    Le apretó tanto las manos que le hizo daño.
    Ella las miró. Los dos tenían las manos bonitas.
    —¿Lo hiciste? —le ayudó con un nudo en la garganta.
    —¡No!
    Más que una respuesta fue un salto, un alarido desesperado surgido de lo más profundo de su ser. El tapón que liberó su rabiosa espuma.
    —Vale —suspiró Carla.
    —¡Has de creerme! Si no me crees tú, ¿quién lo hará? ¡Los demás me dan igual, tú no! —tragó saliva y se aferró más a ella—. ¡Soy un imbécil, lo sé, y no te merezco! ¡Mierda, eso también lo sé! ¡Lo único bueno que tengo eres tú y no quiero perderte! Si no confías en mí no me queda nada, ¡nada!
    —Siempre es igual, Diego —su voz sonó muy débil—. Cada vez me dices lo mismo y ahora...
    Se dio cuenta de que había dicho siempre, y sólo llevaban un año.
    Siempre.
    —Es la verdad —jadeó él quebrándose a la velocidad de la luz—. Más que nunca, es la verdad, mi amor. Yo no lo hice. ¿Piensas que puedo matar a alguien, y menos a...?
    No pudo decirlo.
    —Llevo todos estos días en estado de shock —musitó ella—, debatiéndome entre lo que quiero creer y lo que todos  dicen, entre lo que sé y lo que no sé. Ahora mismo te miro y...
    —Créeme.
    —Los periódicos dicen que ella tenía tu semen.
    Diego apretó las mandíbulas y cerró los ojos.
    —¿La violaste pero no la mataste?
    —¡No la violé! —reaccionó con tanta furia que Carla dio un respingo—. ¡Lo hicimos, sí, pero no la violé y ni mucho menos la maté!
    La atravesó el dolor. De lado a lado, de arriba abajo. El dolor invisible del alma al resquebrajarse. La sensación le llegó al estómago, a los pulmones, a la mente. El estómago se le descompuso de golpe, los pulmones se quedaron sin aire, la mente se puso a dar alaridos en silencio.
    Despacio, muy despacio pero con firmeza, retiró sus manos.
    Diego trató de retenerlas pero no pudo.
    Carla las escondió bajo la mesa
    —Lo siento... —gimió él.
    —¿Qué pasó?
    —Si hubieras estado conmigo en lugar de estudiando...
    —¿Qué pasó?
    —¡Nada! ¡Fue una tontería!
    Se levantó dispuesta a irse. Diego la atrapó saltando desde el otro lado. El guardia les lanzó una mirada de desconfianza, presto a interrumpir su charla.
    —Por favor...
    Se sentó de nuevo.
    Y le miró fijamente.
    —No sé lo que pasó —se reclinó hacia atrás—. Por más que lo intento recordar todo...
    —¿Qué tomaste?
    —Unas cervezas...
    —Diego, la verdad —bufó agotada.
    —Un par de pastillas —suspiró.
    —Joder, tío...
    —Estábamos todos y... ¡Vale, mierda, de acuerdo! ¡La cagué! ¡No me presiones más de lo que ya estoy!
    —Sigue.
    —Los periódicos...
    —Cuéntamelo.
    Se resignó por última vez.
    —Me fui con Gustín, de marcha. Era nuestro primer aniversario y no quise quedarme en casa. Te lo dije. Te dije que si no salías lo haría yo.
    —En plan venganza, para castigarme.
    —¡No! —se desesperó—. Pero quería pasarlo bien, eso sí. Gustín y yo nos fuimos de colegas, estuvimos en el bar de Paco, en el Diorama... Allí aparecieron Quique y Nando.
    —Los 4 Jinetes.
    —Bebimos unas cervezas. Las pastillas llegaron después. Fue Nando el que se encontró con ellas, Gabi y Sole. Las conocía de vista. Empezamos a tontear... —se mordió el labio inferior—. Una cosa llevó a la otra.
    —Acabaste en tu casa, en tu cama, con ella.
    —Nos acostamos, nada más —desgranó agotado—. Cuando me desperté Gabi ya estaba muerta.
    —Me juraste que si un día tenías una historia, algo como esto, aunque no me lo dijeras, no correrías riesgos y usarías un condón.
    Diego tocó fondo.
    Ya no dijo nada.
    —¿Y el sida, por Dios? ¿Y si pillabas algo y luego...?
    En la calle y con 20 años era un hombre. Allí se le antojó un niño.
    Muchos decían que ella era más mujer a punto de cumplir los 17 que él a su edad.
    Carla se levantó de golpe.
    La bofetada estalló como un trueno seco. Fue dura, fuerte, rabiosa. Pero la que se echó a llorar después fue ella, antes de derrumbarse en la silla y de que el guardia se acercaba para decirles algo, tal vez que ya era la hora.


EL POEMA DE SEPTIEMBRE

Debido al éxito del poema en catalán “T’estimo”, este mes publicamos otro poema de Jordi en esta lengua, "Estic fet de mitges llunes" (Estoy hecho de medias lunas). Hay traducción en el foro de Jordi: <http://elforo.de/foroficialjsif/viewtopic.php?p=3072#3072>.

ESTIC FET DE MITGES LLUNES

Estic fet de mitges llunes
i voldria
estar fet de llunes plenes
per omplir la joia de la vida
del meu vell i vençut cos
ple de bocins de mitges llàgrimes.
Em sento incomplert
Moltes vegades desert
Tinc un cel ple de mitjos estels
i una ànima plena de mitges esperances
Floten mil imatges que em donen
mitges realitats perdudes
però, en canvi, tinc tots els dubtes
Estic cobert de mitges ones
i mitges pluges em banyen la cara
Tinc mitges nits per omplir
després de mitjos dies blancs
Tantes meitats em fan sentir nu
i altres tantes em fan perseguir
mil possibilitats de mitges felicitats
Em sento mig buit,
mai mig ple
Em tremolen mitges ànsies
amagades darrere els colors
de mitjos desitjos frustrats
He tingut massa mitjos amors
per fer un sol amor complert
i he perdut en mitges morts
les hores de la meva soledat
M´han robar una mitja vida uns
i m´han censurat mitja vida altres
Tinc totes les meitats de mi mateix
tancadas dins la meitat del meu cor
i tinc massa ànsies que em dolen
flotant a l'altra meitat
Estic sempre perseguint la llum
i la perdo encegat per ella
Podria morir després de mig camí
i viure després de mig exili
I podria estar i tot content
Podria ésser inmensament ric
Però tantes meitats em fan petit
ridícul, quasi estrany
Dec ser mig home buscant mitjos somnis
dins d'un món que flota
al mig del meu infnit?
Tinc completes coses que no vull:
La por, l'egoisme, la mort
i em falten totes les meitats
que voldria per ser del tot feliç
Estic mig cansat
Estic mig despert
Estic mig perdut
I a mig camí de mi mateix
Estic fet de mitges llunes
i voldría
estar fet de llunes plenes.


EL POEMA DE JULIO Y AGOSTO

Cantos del Tiempo en el Día y la Noche

I - Tiempo

Tiempo, Tiempo
que me atas
me persigues
me atrapas
me vences
me dominas
y me olvidas
en la estela de tus Días y tus Noches

II - Día

Hoy quisiera que el Día fueras tú
Amanecer en tu parpadeo y creer
que los soles de tus ojos me dan el calor
Despertar en tus brazos y saber
que las nubes de tu cielo están pintadas
Y quisiera ser tu cama y tu almohada
tu mañana y tu sonrisa
Cada gota de tu ducha lamiéndote la piel
formando senderos húmedos en ti
y saltando en el vacío de tu paz
Después mirarías por la ventana
y verías el mundo a tus pies
mientras un "te quiero" y un beso
te devolvían a la realidad de mi deseo
Cada Día es una puerta
Cada Día abre una esperanza
Hoy quisiera volar hasta la tuya
porque la mía es un anuncio por palabras
impreso en el periódico de mi voz
Hoy, mañana, todos los Días
Contando el Tiempo hasta el momento
en que volvamos a tender nuestro puente
a través de la distancia
Pero hoy es hoy, por las horas de sus horas, amén
y quisiera que cada hora fuese una
Juntos, a la espera de un milagro
De Día soñamos la Noche
De Noche perdemos el Día
Como condenados por falta de delito
Mis Días están llenos de palabras
Los tuyos de lluvias de otoño
Mis Noche son muy largas
Las tuyas saben a leche y miel
Pero hoy quisiera que el Día fueras tú
Pintada de primavera y vestida de amor
Con el viento en tus cabellos
y la tormenta en tus sentidos
Mano suave, labio rojo,
pecho en calma, sexo abierto
Mía a través del imposible que rechazas
Tuyo por la fuerza del deseo
Si cada Día es vida y vivir es pasión
¿que nos detiene al filo de la calma?
Si cada Noche es promesa y prometer es dar
¿que nos impide el calor de esa fantasía
con la que poblar nuestra sorpresa de luces?
Escucha, ¿no oyes cantar al Día?
Atiende, ¿no sientes la locura de tu sangre
corriendo como un cometa en tu ser?
Hoy es el Día y todos los Días
Esperame, aunque llegue mañana
Hoy es el Día y la hora y el todo
en el que aguardaremos la Noche
Nuestra Noche cantada de estrellas
con una cama en la Luna y el amor tras la ventana
El último Día para la primera Noche
Coge mi mano, espera
Tiendo mi cuerpo, aguarda
Mi siento como un niño el 6 de enero
descubriendo que el todo está en mis manos
Hoy quisiera que el Día fueras tú
pero más que fueras la Noche
llamándome, buscándome, teniéndome
hasta romper con la catarsis del recelo
Es de Día y canto
Anochece y me sobrecoge el murmullo
De Día la Noche es quimera
De Noche el Día es olvido
Dime, forma suave de mi ansiedad
¿esperamos un primer paso
o nos encontramos en mitad de ese destino?
Quizá el Día sea yo
y tú la Noche poblada de sueños
Daría mi voz para que mi grito te alcanzara
Pero sólo soy un susurro
¿Podrás oirme? ¿Querrás oirme?
Acaba el Día y comienzan los temores
Te siento y me sientes al llegar la hora
Te quiero
Y quisiera que la Noche fueras tú
Dormir en tus ojos y creer
que los soles de tu paz están abiertos
Mecerme en tus brazos y saber
que las nubes de tu cielo son la vida
De Noche, de Noche
Justo al morir el Día

III - Noche

De Noche los sentidos son turbios
y las distancias largas
Cualquier distancia
Hay un millón de emociones en mis manos
pero sólo una sensación en mi espíritu
Un millón de posibilidades y esperanzas
pero sólo un camino me lleva a ti
Necesito un minuto para tocarte
una eternidad para tenerte
Besar la esquina del Tiempo
por el que te alejas
Necesito llegar a saber mi horizonte
mientras conozco tu presencia
o tu ausencia, llena de mi
Si estoy en tu pensamiento
la próxima vez llena mi esencia
Una hora no basta al final, sino al comienzo
Una hora no basta nunca, pero vive
Masticaremos el miedo despacio
Para los dos siempre será un misterio
Vamos, mujer de claroscuros
Si has arrancado de mi ser la paz
dame la guerra que me haga romper
Y si has puesto en ti la ilusión
deja que cubra tu alma de estrellas
Los dos temblaremos pero así es el amor
Todas las veces son una primera vez
Vamos, niña de soles y luces
de las lunas y sombras vengo
tendiendo una mano de armonía
Tengo la huella de tus labios en mi piel
y el calor de tu mirada en mis huesos
Si bastara no te pediría más
Si fuera necesario te daría mi aliento
Pero hoy te grito y te busco
confundiendo el deseo con tu imagen
El tiempo no se detiene, empuja
Nos hace burlas y sonríe
Empezamos una y otra vez
Nos encontramos de Día, suaves
y nos despedimos de Noche, turbulentos
Vivimos cortas vidas de horas y momentos
llenos de presencias que nos mantienen
La próxima vez no vamos a soñar
ni a esperar ni a ver ni a temer
Llevamos un Amanecer en cada vibración
Por la luz de tu rostro
o el calor de tu sexo
el rojo de tu orgullo
o el eterno confín de tus ojos de Arco Iris
en los ilimitados límites de los sentidos
Nos basta con mirar a la Luna
Siempre está llena para nosotros
Desde cualquier rincón de nuestro Universo
Vamos, mujer de fuerzas y enigmas
la ansiedad pone frenos en tu camino
Detente y déjame cruzar tu puerta
ahora que tu ya estás en mi umbral
No es mi miedo, sino tu frontera
lo que nos aprisiona en la tormenta
Tengo demasiados recuerdos pintados en blanco
para hacer del tuyo uno más
No es tu promesa, sino mi valor
lo que deberías liberar
Tienes demasiadas voces baldías en tu memoria
para olvidar que la mía es sincera
Cuando subas a mi quisiera que tiembles
Cuando baje a ti me verás llorar
Cuando nos encontremos bastará una vez
Sólo necesitaremos saber y comprender
Saciarnos de respuestas cómplices
Porque algún Día será todo lo que tendremos
La llave de nuestra historia infinita
No quiero que el tiempo nos alcance
sin haber abierto todas las puertas
y cruzado todos los puentes
Aunque nos basta sólo una puerta
aquella que es tuya y es mía
abierta con la llave de nuestros sentidos
colgando del alma
Lo intentamos, ¿recuerdas?
Pero perdimos la voluntad sin resistencia
Ya no basta con pensar que fue un sueño
Porque somos inmortales dentro de él
Esta Noche y todas las Noches
llena de turbios sentidos y largas distancias
cruzaremos todos los márgenes
y haremos el amor
Mañana será otro Día, o tal vez no
Eso será lo primero que discutiremos
al despertar
y lo primero que sabremos
al recordar
a través del Tiempo.


EL POEMA DE JUNIO
(A petición de muchas fans de esta página, este mes presentamos un poema de Jordi en catalán: "T'estimo" (Te amo). Podéis jugar a interpretarlo pero hay traducción en el Foro de Jordi, <http://www.elforo.de/foroficialjsif/viewtopic.php?t=474>)

T’estimo

T´estimo
T´estimo, petita i dolça
T´estimo, cor de roure despullat
T´estimo, per tot el que ets
T´estimo, pero el que m´has donat
T´estimo, per que soc teu
T´estimo, per que et sento meva
T´estimo, per la teva veu
T´estimo, cuan em dius que m´estimas
T´estimo, amb les mans plenas
T´estimo, per la vida que sents
T´estimo, per el somnis que em cerquen
T´estimo, per cada segón de tendresa
T´estimo, ángel del meu cel
T´estimo, carregat de paraules encesas
T´estimo, per una vida sencera
T´estimo, per totes les emocions
T´estimo, joia de la meva pau
T´estimo, esclat de la meva guerra
T´estimo, cridant de sensacions
T´estimo, per totes les caricies
T´estimo, per tots els teus petons
T´estimo, ulls de ametlla plens de sucre
T´estimo, mans de plomas delicadas
T´estimo, llavis de seda bermella
T´estimo, estel de la meva nit
T´estimo, llum del meu día
T´ estimo
¿Que mes et puc dir?
¿Que mes que no sapigues?
¿Que mes que no hagis vist ja en mi?
Que t´estimo
I t´estimo, i t´estimo, i t´estimo
T´estimo, per tot i mes
T´estimo, nomes aixo
T´estimo, t´estimo, t´estimo
No es masa, pero per a mi ho es tot
El que tinc
El que et puc donar
Si en tinguesis prou...
T´estimo


EL POEMA DE MAYO

    EN SOLEDAD

A veces digo tu nombre en voz alta
y es como si gritara
A veces digo tu nombre en voz baja
y es como una oración
A veces digo tu nombre hablando
y es como si despertara
A veces digo tu nombre en sueños
y se convierte en canción

    A veces, a veces, tantas veces
    Eres como una melodía a flor de piel
    A veces, a veces, tantas veces
    tu dulce nombre me sabe a miel

A veces veo tu rostro en el cine
y es como si me llamara
A veces veo tu imagen por la calle
y es una burla del destino
A veces veo tus ojos en una puesta de sol
y es como si flotara
A veces veo tu cuerpo hecho música
y sé que eres mi sino

    A veces, a veces, tantas veces
    Eres como un deseo hecho realidad
    A veces, a veces, tantas veces
    en tu frontera se pierde mi edad

A veces siento tus labios en los míos
y sé lo que es tocar la gloria
A veces siento tus manos en mi mente
y es como si fuera inmortal
A veces siento tu alma en mi ser
y se me desvanece la memoria
A veces siento tu amor junto a mi
y todo se hace real

    A veces, a veces, tantas veces
    Eres como una quimera de bondad
    A veces, a veces, tantas veces
    te digo que te quiero en soledad

En soledad


CAPITULO 6 DE "EL ASESINATO DE LA PROFESORA DE LENGUA". EDITADO POR ANAYA EN ABRIL DE 2007

    La directora del instituto era una mujer rígida, severa, recia y cuadrada. Y al mismo tiempo era un trozo de pan, de ahí lo de Buena. Mantenía una cierta belleza juvenil, de ahí lo de Bonita. Y vestía con un pésimo gusto, de ahí lo de Barata. A su lado, el jefe de estudios, el señor Valerio, sin ningún apodo porque las iniciales de sus apellidos no decían nada, más bien parecía un palillo sin punta. Alto, delgado, calvo, con ropa que debió de pertenecer a su padre porque era siempre una o dos tallas más grande que él, sus ojillos vivos semejaban los de una grulla. Sus movimientos, casi eléctricos, también.
    Los dos entraron en clase y, mientras ellos se ponían en pie, les indicaron que se sentaran haciendo un gesto con las cuatro manos. Como si tocaran el piano, o los tambores.
    La que tomó la palabra fue la directora.
    Carraspeó, unió los diez dedos fuertemente, a modo de rezo, y tras inspirar largamente les anunció:
    —La señorita Soledad no ha venido hoy al centro.
    Eso ya lo sabían, así que la inquietud aumentó. Forma y tono se confabulaban para conferir al momento un deje de lo más dramático. En cuanto a ellos, parecían formar la mejor clase del mundo entero. Ni se movían. Ni respiraban. Espaldas rectas, piernas unidas, brazos sobre las meses. Un ejemplo modélico de comportamiento y urbanidad.
    Pero es que estaban cagaditos de miedo.
    La directora volvió a llenar sus pulmones de aire.
    —Veréis... —empezó a derrumbarse—. En realidad se trata de algo más que eso...
    —Lo que vamos a contaros debe de ser un secreto, al menos en las próximas horas —intervino el señor Valerio, mucho más sereno y con el ceño fruncido—. Un secreto importante, porque se trata sin duda de algo muy... muy grave.
    La directora y su jefe de estudios intercambiaron una mirada fugaz. Suplicante la de ella, resignada la de él.
    —¿Qué le ha sucedido a la profesora de lengua? —no pudo más Ana.
    Oír una voz salida de alguna parte de delante suyo ayudó a que los dos adultos rompieran el hielo.
    —No estamos.... muy seguros de lo que haya podido sucederle —manifestó ella.
    —Hay una total reserva —apuntó él.
    —¿Pero está bien? —insistió Ana.
    Hubo un silencio. La directora y el jefe de estudios parpadearon mientras miraban a la chica.
    —No tenemos ni idea —se rindieron al unísono.
    Ahora sí, la clase se arremolinó presa del desasosiego. Si no tenían ni idea de cómo estaba era, sencillamente, porque no estaba. Es decir, que cuanto menos la señorita Soledad había desaparecido.
    Tal vez, harta de ellos, se hubiera ido a dar la vuelta al mundo.
    O a alguna playa.
    —Tenemos una... esto... una carta de vuestra maestra. Por decirlo de alguna forma —les comunicó por fin el señor Valerio.
    —Una carta que voy a leeros —anunció en un tono muy precavido la señora Bienvenida.
    —Recordad que esto es secreto —insistió el jefe de estudios—. Ni una palabra a nadie. Confiamos en vosotros. Sobre todo porque esto parece atañeros y... bueno, que...
    La directora extrajo un sobre de su bolsillo izquierdo. Luego las gafas del derecho. Se calzó las segundas y extrajo una hoja de papel perfectamente doblada del interior del sobre. Ya no esperó más y, con voz revestida de gravedad, despacio, como si leyera un testamento, les hizo partícipes de aquella singularidad.
    —"Hola. Soy yo, Soledad Olmedo Sánchez, la SOS, la profesora de lengua. Os escribo porque quiero que sepáis algo: me he vuelto loca. Oh, sí. Loca del todo. ¿Una broma? Pues no. Enhorabuena. Lo habéis conseguido. Ya no puedo más. Llevo años luchando con vosotros, y cada vez es peor. Cada curso supera en ignorancia al anterior. Como soléis decir, ¡una pasada! Y he dicho basta. ¡Basta! No leéis nada. Odiáis leer. Luego no entendéis ni una palabra de lo que os dicen o de lo que estudiáis, hacéis unas faltas de ortografía flagrantes y dais pena. Autentica pena. No quiero ver más como arruináis vuestra vida. Hacedlo, pero sin mí. ¿Qué queréis que os diga? ¡Os quiero! ¡Sí, os quiero! ¿Tanto cuesta creerlo? Os quiero pero... hay amores que matan. Hoy esto se ha terminado. Mañana iré al manicomio, o a dónde sea. Mañana. Hoy..." —la señora Bienvenida levantó por primera vez los ojos de la carta y los paseó por la estupefacta audiencia. Su mano tembló. Y también su voz al tragar saliva y proseguir la lectura de la singular epístola—: "Os anuncio que hoy, entre las ocho de la tarde y las doce de la noche, asesinaré a uno de vosotros —hizo una pausa dramática para ver el efecto que causaban sus palabras, que fue demoledor—. El elegido o la elegida pagará por todos. Será mi despedida, ¡el gran final! ¡La maestra que se volvió loca y asesinó a uno de sus peores alumnos! ¡Y encima seré una heroína para muchos que desearían hacer lo mismo, aunque espero que no cunda el ejemplo y nadie me vaya a imitar!"
    —¡Qué fuerte! —balbuceó Fernando.
    —Haz el favor de callarte, que la carta sigue —impidió que se alzara un remolino de voces el señor Valerio.
    —"Sólo me detendré —la señora directora le puso mucho énfasis a lo que dijo a continuación—, si alguien da conmigo antes de las 8 de la tarde. Y no estaré en mi casa, por supuesto. Hablo en serio: mataré a uno de vosotros si no me encontráis y me detenéis antes de esa hora. Es vuestra última oportunidad. Para ello tendréis que resolver las pruebas que os daré. Si lo hacéis bien, prueba a prueba, no tendréis problema para juntar las pistas y dar conmigo. Pero sé que no seréis tan listos. Si lo fuerais no habríamos llegado a esto. Aún así quiero ser justa y daros esta última oportunidad. ¡Queridos, queridas, a ver quién es más listo! ¡Ánimo, que el tiempo vuela!".
    Fin de la carta.
    Más que de locos... aquello era increíble.
    Desde luego, la señorita Soledad se había vuelto loca.


EL POEMA DE ABRIL

En una noche tranquila

Esta es una noche tranquila
Una de esas noches
Ya sabes
Rodeado de gentes extrañas
En una ciudad perdida
Acabo de hablar contigo
Tu voz
Caricias en mi mente
Tus manos en mi alma
Una noche más
Atados por nuestra cuerda
Extremos que se tocan
Bueno, es una noche apacible
Podría escribir una canción
Aunque no sé quien la cantaría
No sería Springsteen, ni Cohen
No sería Celine, ni Mariah
Podría escribir una canción
Para cantarla en el silencio
Sin música
Tu voz está en mi
Pero no recuerdo tu aroma
Tanto tiempo y sigo ciego
Mis sentidos amputados
Por la llama del deseo
Pareces una ilusión
Claro, no existes
Estás en mi imaginación
En mi última novela
Así que esta es una noche tranquila
Y a mi me toca dormir
Tal vez soñar
Soñaré que hablo contigo
Para que acaricies mi mente
Y tus manos atrapen mi alma
Una noche más
Un sueño más
Esta es mi canción
Silencio


EL POEMA DE MARZO

CREO

Creo que me iré a Vallirana
a buscar un poco de paz
Creo que me iré a Vallirana
a buscar un poco de amor
Creo que necesito un minuto
para tenerme de nuevo a mí mismo
Creo que todo cuanto creo
está en mi tranquila montaña

Creo que mi espíritu pide
esa huella que me habla en susurros
Creo que mi voz se alza
apretando silencios que huyen
Creo que he ganado el premio
para hacerle un guiño a la suerte
Creo que todo cuanto creo
me arropa y me hace camino

Creo que cogeré mi maleta
llena de cálidas soledades
Creo que escaparé callado
porque hoy mi fiebre me empuja
Creo que este es el día
para probar fortuna de nuevo
Creo que todo cuanto creo
lo tengo en mi casa del cielo

Creo que me iré a Vallirana
a buscar un poco de lluvia
Creo que me iré a Vallirana
a buscar un poco de viento
Creo que necesito un minuto
para encontrarme otra vez a mí mismo
Creo que todo cuanto creo
está en mi tranquila cabaña


CAPITULO 1 DE "LOS DIENTES DEL DRAGON". EDITADO POR SM EN ENERO DE 2007

   
El hombre apareció en el pueblo como un sombra sólida.
    Era un poco más alto de lo normal, un poco más grueso, un poco más incierto. Llevaba ropas vulgares pero no era vulgar. Daba la impresión de que trataba de pasar desapercibido, pero no pasaba desapercibido. Se movía igual que una serpiente, es decir, de manera sinuosa. Parecía pasear, pero no paseaba. Parecía estar ocioso, pero sus ojos vivos le delataban. Parecía también una araña dando vueltas en torno a una tela. Y lo era.
    Yo le vi la primera vez en la plaza, quieto, desprendiendo soles fríos y lunas blancas a través de sus ojos protegidos por unas gafas de sol oscuras. Intuí el vacío de su mirada y me estremecí. Me lo quedé mirando unos segundos, por la novedad, pero ese estremecimiento me impulsó a seguir caminando. Le di la espalda ignorándolo y eso fue todo.
    La segunda vez fue cerca del templo. Anotaba algo en una libreta y observaba las casas. Me pregunté para que querría un extraño estar allí, y para qué querría anotar algo en una libreta. Entonces, como si nuestros pensamientos se sintonizaran, movió la cabeza en mi dirección y me miró. No pude verle los ojos a causa de sus gafas oscuras, pero el estremecimiento de la primera vez se hizo mucho más intenso.
    Me sonrió.
    Me atravesó.
    Su sonrisa era amarilla. Sus dientes negros. Seguí caminando y ya no pude volver a ignorarlo.
    Por eso la tercera vez me alarmó tanto.
    Aquella noche, hablando con mi padre.


EL POEMA DE FEBRERO

Fuego

Padre, las flores están ardiendo
Algo les sucede a los campos de la vida
Puedo escuchar su rugido gimiendo
Agonizan llamando a muerte compartida
Son la sentencia de un adiós dolorido
Que viene para llevársenos a todos
Me enseñaste a no caer en el olvido
Tiemblo por el amor que barrerán los lodos

Padre, el cielo se está abrasando
Sobre nuestras cabeza las hordas rugen
Mientras las nubes se funden llorando
Bajo la roja carga los vientos crujen
Es el mismo sol quien teme y se agota
Nos quema los segundos en su violencia
La furia quiebra esta tierra rota
Y ya no hay espada que pida clemencia

Padre, mi cuerpo se está quemando
No me hace daño, sólo es amargura
Es mi origen que se va olvidando
Con el silencio final de tanta locura
Cada mañana que ya no veré
Mata los ayeres que aún me duelen
Cada futuro que hoy perderé
Se burla de tantos sueños que me hieren

Padre, el universo está en llamas
Ya no habrá más luces ni primaveras
La mano oscura barrerá nuestras camas
Segando de fríos aquellas quimeras
Ni flores ni cielos, ni vida ni muerte
Si pudieras decirme que todo es mentira
Esperaría del destino una mejor suerte
Hasta que volvieran las paces ausentes de ira



EL POEMA DE ENERO

Todas las mañanas abro la ventana del mundo
Todas las mañanas me pongo los zapatos de la ilusión
Todas las mañana
s me lavo con el agua de la vida
    No importa que anoche estuviera nublado, o lloviendo
    A veces me duele que te acostaras sin decirme «te quiero»
    Pero yo también estaba muy cansado para soñar
Todas las mañanas pienso que hoy el día será mejor
Todas las mañanas te acaricio con mi mente y beso tu aliento
Todas las mañanas deseo que al anochecer me des tu calor
    Y sin embargo las sábanas se enfrían rápido al levantarnos
    La vida ha dado muchas vueltas dentro y fuera de nosotros
    Mientras el amor se llenaba de paz y nos cerraba los ojos
Todas las mañanas son días llenos de preguntas
Todas las mañanas son respuestas llenas de dudas
Todas las mañanas están llenas de suspiros tras los silencios de la noche
    Y aún tenemos la esperanza de que todo lo que fuimos vuelva
    Aún nos queda ese cariño que el tiempo no borrará jamás
    Aún reímos sabiendo que los dos somos uno más allá de la razón



CUENTO DE NAVIDAD PARA DICIEMBRE 2006 (INEDITO)

 
  
La presencia de Jaime en la entrada del salón, quieto, silencioso, hizo que sus padres dirigieran toda su atención hacia él.
    Estaba muy serio.
    —Yo creía que la Navidad se celebraba en todo el Universo —dijo.
    Papá y mamá parpadearon. Jaime les tenía siempre alucinados. Apenas si alzaba dos palmos del suelo pero era inquietantemente lúcido, despierto, vivo, y con una imaginación...
    Cuando preguntaba algo o se interesaba por un tema, era porque le estaba dando vueltas a la cabeza.
    —Bueno... —carraspeó papá—. A fin de cuentas...
    —Es una festividad de todo el mundo, sí —intentó ayudarlo mamá.
    Jaime les dirigió una de sus miradas de “Vaya-pues-sí-que-ayudáis”. No se quedó nada convencido. Optó por dar media vuelta y volver a retirarse en silencio. Papá y mamá no supieron muy bien qué hacer.
    —Está en la edad —mencionó él.
    —Es increíble la de cosas que pregunta —suspiró ella.
    Continuaron leyendo el periódico uno y arreglando los regalos de Navidad otra, bajo el gran árbol que dominaba el salón con su inequívoca presencia. La casa respiraba paz. Tanta, que dejaron de hacer lo que hacían, inquietos, llenos de paternal desazón, a los pocos instantes.
    —Este último mes... —frunció el ceño mamá.
    —Sí, desde que se inventó todo eso de los slu... slugr...
    Primero, la palabreja no le salía. Pero a continuación se quedó mudo de pronto porque Jaime volvía a estar allí, en la puerta de la sala, con su misma carita seria y concentrada.
    —Slurgis —le ayudó el aparecido.
    —¡Oh, sí, claro! —sonrió él.
    —Y no saben lo que es la Navidad.
    Hubo un leve silencio.
    —¿Qué? —preguntaron casi al unísono.
    —Que los slurgis no saben lo que es la Navidad. En su planeta no la conocen. ¿No es asombroso?
    —Vaya con los slugr... slurgs... slurgis —logró decir papá.
    Jaime seguía serio, más aún, preocupado.
    —Vosotros decís que nadie debe quedarse sin celebrar la Navidad, ¿verdad?
    —Pues claro, hijo —dijo ella llena de dulzura.
    —Es la fiesta más hermosa de todas las fiestas —aseguró él.
    —Todo el mundo debe vivirla en paz y amor, con la familia o los amigos —concluyó su mamá.
    —Siempre ha sido así —concluyó su papá.
    —Vale —pareció aliviado Jaime—. ¿Puedo invitarles?
    —¿A los...? —ya no intentaron decir el nombre.
    —Por favor... —era algo más que una súplica, el tono se revestía de mucha intensidad emocional.
    —Claro, Jaime —estuvo al quite mamá al ver su carita de pena—. Invítalos, hijo. Faltaría más.
    El niño salió a la carrera, feliz.
    —Que cosas se le ocurren —reflexionó su padre, impresionado.
    —Seguro que nos sienta a la mesa a unos muñecos.
    Continuaron con sus cosas, el periódico, los regalos de la familia. En alguna parte se escuchaba música. Villancicos, claro. Se respiraba el ambiente de paz y amor propio de las fechas.
    Tanta paz...
    —Voy a ver —mamá se dirigió a la puerta, incapaz de concentrarse.
    —Te acompaño —la apoyó su esposo.
    Para algo eran padres. Sentían una extraña desazón.
    Abandonaron la sala, caminaron por el pasillo, entraron en la habitación de Jaime.
    No estaba allí.
    —El desván —indicó ella—. Estos últimos días se pasa el tiempo ahí arriba.
    Subieron la escalerita, en silencio. Se oían unas voces curiosas. Asomaron la cabeza a ras de suelo, primero una, luego el otro. Ya no pudieron continuar la ascensión. Se quedaron paralizados.
    En medio del lugar, apoyado sobre su base, vieron el platillo volante, no muy grande, como de medio metro de diámetro y abollado en un punto de su circunferencia. El agujero por el que parecía haberse colado quedaba justo a un lado de la pared. Y no era reciente.
    Pero el platillo volante no era lo más sorprendente.
    Lo más sorprendente era la pareja de bichos, o lo que fueran, que estaban sentados en el suelo, con unos cascos llenos de antenitas que vibraban y emitían ondas de colores. Medían poco menos de un palmo, tenían tres piernas y cinco manos, dos ojos y una boca enorme en relación a la cabeza. Eran incluso originales y cómicos. Por lo visto los cascos servían para traducir idiomas, porque su español era muy fluido.
    —...así que los dos soles y las tres lunas de Slurgia son muy bonitos —decía uno de ellos en ese instante.
    La presencia de los aparecidos no pasó desapercibida. Los extraterrestres dejaron de hablar. Jaime miró hacia sus padres. Nada se alteró en él. Ni siquiera le sorprendió verlos allí. Sonrió feliz y, con una enorme sonrisa, se limitó a decirles:
    —Papá, mamá, ellos son slupif y slupan. Y no sabes lo contentos y emocionados que están de pasar su primera Navidad en la Tierra después de que les haya explicado su significado.
    En lo primero que pensó su madre fue en si a los slu... lo que fuera, les gustaría el pollo.

    © Jordi Sierra i Fabra 2004/2006



    A PETICION DE NUMEROSAS Y NUMEROSOS FANS, QUE CUANDO SE INICIO ESTA SECCIÓN AUN NO VISITABAN ESTA WEB, RECUPERAMOS ALGUNOS DE LOS POEMAS APARECIDOS EN LOS AÑOS ANTERIORES.


EL POEMA DE NOVIEMBRE

IMPARIDADES SENTIMENTALES
(Numerario romántico para una cita)

Un poema
    para una primera cena
Tres horas
    de un tiempo nunca suficiente
Cinco roces
    que te robaré en silencio
Siete miradas
    prendidas de tu alma
Nueve besos
    aunque algunos ni los sientas

Una noche
    para soñar a tu lado
Tres te quieros
    para arrancarte un "tal vez"
Cinco suspiros
    cargados de sueños rojos
Siete caricias
    jugando a mil quimeras
Nueve abrazos
    para sentirte muy adentro

Una esperanza
    llena de futuro
Tres promesas
    como pactos en el tiempo
Cinco gritos
    si te rompieras al amarme
Siete vidas
    las que necesitaría para darte
Nueve canciones
    cantadas en tu Paraíso

Un amor
    sin que el tiempo nos alcance
Tres deseos
    aunque bastara con uno
Cinco sueños
    para cubrirte de estrellas
Siete pasiones
    desbordadas en la cima
Nueve poemas
    tan desnudos como este



PROLOGO DE "LA PÁGINA ESCRITA", EDITADA  POR EDICIONES SM EN SEPTIEMBRE DE 2006
(MÉTODO SIERRA I FABRA  PARA JÓVENES ESCRITORES)

    PROLOGO DIFÍCIL, PERO CLARO Y CONTUNDENTE, PARA UNA EXPERIENCIA VITAL

   
No hay un método para escribir.
    No existe un manual.
    Cada escritor, en sí mismo, es un mundo aparte, un ente único, diferente, que se guía por instintos, fuerzas incontrolables, pasiones, fiebres y arrebatos mientras se alumbra con el sol de su propio universo. Y hablo de escribir, no de ser profesional o aficionado. Sólo escribir. Pasar horas, días, semanas, meses y años delante de un folio, pluma en mano, o sentado frente a un ordenador, es algo difícil de explicar y analizar, algo que va más allá del placer o la vocación. Escribir es la soledad máxima, y por contra, la compañía global. Tú y tus personajes. Es la libertad.
    Y la libertad no admite métodos ni manuales.
    Entonces, te preguntarás qué diablos tienes en las manos.
    Es una buena pregunta.
    No lo sé. O por lo menos no estoy seguro de saberlo.
    No he querido escribir un método o un manual. Sólo intento explicar lo que pienso, lo que siento, y lo que creo que es para mí mismo el arte de escribir. Alejandro Jodorowsky dice que si eres (o te sientes) afortunado, si la vida te ha bendecido con un don (o crees tenerlo), debes compartirlo con los demás, y regalar incluso parte de ello sin esperar nada a cambio. Supongo que yo lo hago a través de mis novelas, pero durante años de charlas en colegios, escuelas superiores o universidades en España y Latinoamérica, hablando de este tema y respondiendo a las inquietudes de quienes sienten de alguna forma esa llama en su ser, me he dado cuenta de que lo que más les interesa de mí es saber cómo escribo. Y responder a ese “cómo” no es fácil. Por esta razón me he arriesgado a ponerlo todo aquí, es decir, a responder esa pregunta y “escribir de cómo escribo”. Compartir mi experiencia con otros candidatos a plumífero también es una forma de llevar aquello que más amo hasta las últimas consecuencias, habida cuenta de que no soy, ni me siento, un maestro, profesor, erudito o intelectual capaz de disertar sobre lo divino y lo humano de la literatura.
    Cuanto sigue es mi propio universo creativo puesto en solfa, la forma en que trabajo, la manera como funcionan mi sistema y mis neuronas, lo que pienso, lo que me parece importante, lo que siento al plantearme o escribir una novela, un relato o un cuento, y con ello tratar de ayudar, echar una mano para que tú, lector, y tú, lectora, deshagas el nudo gordiano que puedas tener. Y he dicho novela, relato o cuento. Aquí no voy a hablar de poesía, porque esa es otra página con palabras mayúsculas. Más que un "escritor", siempre me he sentido un novelista, un narrador. A veces digo que hay una energía flotando y un público esperando, y que yo estoy en medio, la capto, la convierto en palabras y la conduzco a ese público, a modo de filtro u ordenador capaz de haber dado con su piedra filosofal.
    Voy a tratar de explicar cómo resolver problemas, cómo crear personajes, como elaborar diálogos, y por supuesto hablaré de la forma en que yo escribo, que es la mía, no la de García Márquez ni la de Saramago o Delibes. Sólo la mía. Técnica, estilo, ritmo, estructura... y guión. Muchos amigos míos me repiten que ellos no podrían escribir con mi manera de trabajar. Y lo mismo me sucede a mí con relación a la suya.  Estos escritores (hablando en términos mayoritarios) son los que tienen una idea, unos personajes, y con esto inician una historia. Los dejan actuar y moverse libremente, de manera que ellos conducen el relato y el escritor les sigue mientras va tecleando y tecleando. Y es un método tan bueno como cualquier otro sí les funciona y se sienten cómodos con él. Mi sistema no puede ser más opuesto: hago un guión lo más elaborado posible, y no comienzo a escribir la novela en su versión definitiva hasta que ese guión es un bloque homogéneo y sin fisuras. Elaborando el guión lo pruebo todo, diez, veinte caminos, me detengo, sigo, pienso, corto, tacho, investigo, imagino cada escena como si fuera una película que tengo en la mente. El resultado es que al escribir el libro tengo su control, conozco a los personajes porque soy su padre y su madre, yo los he parido, sé cuántas páginas de extensión me alcanzará la historia, conozco su ritmo, sus secretos, he creado el estilo más adecuado. “Sólo” hay que escribirlo.
    Por lo tanto, este es MI sistema (Sistema es una palabra más lógica que Método), ni mejor ni peor. Una forma de trabajar tan propia como lo es la suya para cada autor. No voy a dar fórmulas mágicas ni a desvelar nada que cualquiera, con tranquilidad y tiempo, podría hallar por sí mismo. No voy a descubrir nada nuevo, tenlo por seguro. Hablaré de lo que sé y de la manera en que sé explicarlo, con honradez y respeto. Si al terminar de leerlo todo he conseguido aclararte algo, me sentiré satisfecho y honrado. Si puedes aprovechar en tu beneficio aunque sólo sea un pequeño tanto por ciento de lo que sigue, sonreiré feliz.
    Alguien me dijo al hablarle de escribir este libro: “Los magos no revelan sus trucos al público”.
    Pero yo no soy un mago.
    Todos los libros citados en esta obra (así como los fragmentos y/o capítulos reproducidos a lo largo de sus páginas, títulos o meros ejemplos literarios), han sido escritos por mí en los últimos años, desde mi debú profesional en 1972. No hay pues referencias a otros autores o novelas atendiendo a lo expuesto hasta ahora. Sólo puedo explicar lo hecho por mi mismo según ese sistema del que he hablado. Y me consta que algunas de mis teorías son muy opuestas a las mayoritarias y muchas de mis normas son objeto de debate (cuando no de enfrentamiento directo). Así que creo que esto las hace únicas.
    Una última advertencia para navegantes: voy a hablar del “escritor” en abstracto, en neutro, como queráis llamarlo, refiriéndome tanto a masculino como a femenino, para evitar pasarme todo el libro diciendo el/la escritor/a o buscando construcciones afines. Y esto es una demostración de las muchas decisiones que el escritor debe tomar al encarar cada una de sus obras. Hay muchas preguntas y ha de encontrar la respuesta adecuada para cada una, y si no la encuentra, ha de arriesgarse y lanzarse con la que mejor le parezca de acuerdo con su instinto.
    ¡Ah, el instinto! (ya salió la palabra).
    Gracias a todos los chicos y chicas (y no tan chicos ni tan chicas) que en estos años me ha obligado-impulsado a escribir este libro.
    Feliz viaje.

                                Jordi Sierra i Fabra, 2006



   PRIMER CAPITULO DE "GAUDITRONIX", EDITADO  POR EDICIONES EDEBÉ EN SEPTIEMBRE DE 2006

   
El pasadizo estaba desierto.
    No sabía qué hacía allí, ni cómo había llegado, pero eso era ya lo de menos. Conocía el peligro. Unas veces entraba por la puerta principal, sin poder resistirse a su influjo, y otras, simplemente, ya estaba dentro, en cualquiera de aquellos niveles espectrales. Unas veces caminaba por lugares que ya recordaba de ocasiones anteriores y en otras, como la presente, todo era nuevo.
    Mismos riesgos, espacios distintos.
    Miró los arcos, las paredes. Ninguna línea recta. Un mundo de curvas y contracurvas hecho de piedra por una mano inquieta e inquietante. Habría sido hermoso de no ser por lo que contenía. La primera vez, antes de que los monstruos le atacaran, incluso pensó que era un bello sueño.
    Después... la pesadilla.
    Tanteó una pared. Más allá divisó una ventana. Sabía que era inútil asomarse a una porque al otro lado no había nada. Nunca había nada. El vacío más absoluto. Ninguna salida salvo despertar, pero no siempre lograba despertar, y menos a tiempo. Antes de que la tortura le empujase al dolor, la ansiedad, el miedo.
    Pasó cerca de la ventana, le echó un vistazo a aquella nada que cambiaba de colores y en el recodo se encontró una puerta. Una más. Sabía que servía de poco dar media vuelta, así que respiró profundamente y la abrió. Al otro lado la decoración cambiaba de pronto, y también conocía aquello. La Casa de los Mil Ojos. Puertas y ventanas de formas grotescas, capaces de abrirse o cerrarse sin más, y de moverse, como si sus marcos fueran de chicle. Llegó al centro de la estancia y entonces... sucedió.
    Por las puertas aparecieron dragones. Por las ventanas salamandras. A miles. Se abrieron de pronto y lo inundaron todo. Así que ya estaban allí.
    Hiro echó a correr.
    Ellos eran más, y más rápidos. Nunca podía correr bastante. El miedo se volvió pánico, porque sabía lo que venía a continuación. La única vía de escape era a través del Pasadizo de las Columnas, a cuyo término se alzaba la Gran Telaraña. Necesitaba...
    —¡Armas!
    El bokken apareció en su mano derecha, el jo en la izquierda. En el cinto notó la presencia del tanto. Ya no iba vestido con su ropa normal. Llevaba su hakama.
    Trató de hacerles frente.
    La filosofía aikido no servía allí. ¿Cómo convertir la energía de sus agresores en su fuerza para derrotarles? Ninguna defensa podía derrotar a un ejército de salamandras y dragones. Y menos sus armas de madera. Con el bokken logró mantenerlos a raya unos segundos. La larga espada que en el aikido se usa sin la guarda del puño los detuvo apenas unos segundos, hasta que los más osados dragones y las más belicosas salamandras atravesaron su débil defensa. Entonces utilizó el jo, el bastón corto, de un metro y veintiocho centímetros de largo.
    Un dragón le mordió el brazo, soltó el bokken.
    Intentó sacar el tanto, el cuchillo.
    Una docena de salamandras le subía ya por las piernas.
    —¡No! —gritó Hiro.
    No le hicieron daño. Sólo le desarmaron. Las tres armas de madera quedaron desmenuzadas. Después le derribaron al suelo y le rodearon expectantes. Las salamandras eran de vivos colores, como si estuviesen hechas de cristales. Los dragones parecían de hierro. Sus ojos despedían frío. Aleteaban enloquecidos empujándose unos a otros. Ya no pudo luchar. Incluso le tiraron del pelo para que mantuviera quieta la cabeza.
    Se hizo un extraño silencio.
    Y de alguna parte surgió él.
    El Hombre Sin Rostro.
    —Hiro...
    No tenía cara, no tenía nada, no tenía más forma que aquella superficie ausente de rasgos, y sin embargo era lo más horrible que jamás pudiera recordar. Sus invisibles ojos eran crueles, sus labios sonreían con ironía. Podía intuirlos. No es necesario ver el horror para tenerlo presente. Aquello era sin duda lo peor. La ausencia que al mismo tiempo lo era todo.
    —Hiro... —repitió como si aspirase su alma, con una voz que surgía de las profundidades más lóbregas de su inquieta presencia.
    Otra voz pronunció su nombre.
    —¡Hiro!
    La buscó, pero no estaba allí. Estaba al otro lado del sueño.
    Tenía que luchar contra El Hombre Sin Rostro, y abrir los ojos. Era el punto decisivo.
    —No siempre podrás volver —susurró El Hombre Sin Rostro tan cerca que casi podía olerle, aunque no olía nada.
    —¡Hiro! —volvió a gritar la voz del otro lado.
    Le zarandeaban. Le movían. Y no eran los dragones ni las salamandras. Unos y otras habían desaparecido. Sólo quedaba El Hombre Sin Rostro. Escuchó su risa flotando en mitad del vacío de su cara espectral.
    —¡Hiro!
    Y despertó.


EL POEMA DE VERANO


    ELEGIA # 1

   
No importa por qué estás vivo: estás vivo
    No importa por qué vives: vives
    No te preguntes qué haces aquí: haz algo
    No importa lo que tienes, sino en qué lo empleas

    No importa quién eres, sino qué eres
    No Importa cuanto hagas, sino por qué lo haces
    No te preguntes si lo mereces, gánalo
    No importa cuanto vales, sino si vales algo

    No importa de dónde vienes, sino a dónde vas
    No importa a dónde vas, sino ir a alguna parte
    No importa a qué parte llegues, sino llegar
    No importa llegar, sino hacerlo bien

    El mundo está lleno de gentes sin rostro
    Caminando a ciegas al margen del camino
    Todos deberíamos romper los espejos
    En los que buscamos reflejarnos desesperadamente

    ¿Que se siente al poseer el alma de un hombre?
    ¿Puedes ver el el límite de su frontera?
    ¿Cuantas veces deberás repetirte que tú eres tú
    Y que todo el universo está en tu mente?

    Todas tus distancias están en mi
    Pero quisiera que la mía fuese proximidad
    Cierra la puerta del adiós para darme tu bienvenida
    Vende una ilusión para comprar un sueño

    ¿Cuantos amores hacen falta en tu piel
    Para que sepas qué es el amor?
    Las manos del viento arrancan destellos
    En el cuenco de plata abierto en tu sima.

    Si los pájaros no están libres de las cadenas del cielo,
    ¿Cómo huir nosotros de la cárcel de la tierra?
    Todos los amores del mundo brillan como cien mil soles
    Y tú tienes la edad de la dulce esperanza

    He vivido dentro y fuera de la felicidad
    Y sé muy bien de qué color es
    Mis alas nunca me han hecho volar bastante alto
    Que las tuyas no lleguen a quemarse con el sol

    Este es un largo, muy largo camino
    Sin veredas, sin descansos, sólo horizonte
    Despegamos hacia la muerte al nacer
    Sin vuelta atrás, todo hacia adelante

    Sigue moviéndote con el mundo, no te pares
    El tiempo que se pierde es el peor olvido
    El ordenador grita todos tus sueños
    Y yo soy el punto de partida, no la Gran Meta

    Métete en mis zapatos y verás mis caminos
    Mira a través de mis ojos y verás mis sueños
    Siente con mis manos y conocerás mis orgasmos
    Vive en mi mente y cantarás mi vida

    Quitaos las máscaras del genocidio
    Esta es nuestra tierra común
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