4. Conferencia pronunciada en el 27º Congreso Internacional del IBBY – Cartagena de Indias, Colombia, septiembre 2002

UNA PALABRA LLAMADA COMPROMISO

Cuando uno es alcohólico, se sube a un estrado de Alcohólicos Anónimos y dice aquello de: “Me llamo Fulano de Tal y soy alcohólico”. Yo suelo subirme a estrados y decir: “Me llamo Jordi Sierra i Fabra y soy escritor”. Desde luego no es lo mismo, pero en mi caso sirve para centrar todo un mundo, lo que se és, lo que se espera, lo que se persigue. Ahí está todo. No hay más. Luego, el alcohólico ha de regenerarse. Mi suerte es todo lo contrario. He de escribir más y más y más, como decía Ray Bradbury, hasta saciarme.
Así que… bienvenidos, gracias, me llamo Jordi Sierra i Fabra y soy escritor. Nací en el Planeta Tierra y hoy soy muy feliz, pues estoy en suelo amigo, entre amigos, y entre libros en el marco de este Congreso que no se si abre el siglo XXI o cierra el XX, pero que, en cualquier caso es una hermosa propuesta de futuro.
Cuando a Günter Grass le dieron el Premio Principe de Asturias por su labor literaria, pronunció una frase con la que me sentí profunda y absolutamente identificado. Dijo el gran autor alemán: “Yo sólo quería ser escritor, pero en mi vida se me atravesó Alemania”. Como él, yo de niño quería ser escritor, vivir, sentir, viajar, hacer feliz a la gente, contarle historias hermosas y ser querido por ellas. Pero si a Günter Grass se le atravesó aquella Alemania nazi, con Hitler y la Segunda Guerra Mundial, que hizo de su literatura un algo desde luego nada complaciente, a mi se me ha atravesado el mundo entero. Y ese mundo es hoy la parte esencial y fundamental de mi narrativa.
Siempre he sido un viajero impenitente, un devorador de imágenes y palabras, un visionario perplejo, asustado, alegre, enamorado y ante todo solidario con cuanto he visto. También soy un iluso, un niño asombrado que no renuncia a los sueños, la utopía y la pasión de imaginar que en un libro está todo, absolutamente todo. Sigo creyendo que la esperanza es la gran arma de nuestra fe. Pero a la esperanza debemos alimentarla con actos, gestos, ayuda, fuerza, más palabras. Por eso cada libro que escribimos es un acto de fe y de esperanza. Y cada lector la recompensa final.
Amo la literatura más que a nada en el mundo. Nunca se me ocurriría hacer algo que la denostara, o que sirviera para que alguien la repudiase. Por eso soy consciente de que cuando cuento una historia dura, tal vez hiera alguna sensibilidad. Pero no puedo traicionar lo que soy o aquello en lo que creo. Cada vez que un niño me dice: “odio leer”, se me pone un peso enorme en el alma, porque es como si ese niño me dijera que odia respirar, sentir, vivir. Pero por muchos niños que no lean, lean poco, o que incluso “odien leer”, siempre habrá otros que se asomarán a las páginas de un libro con ilusión, con sed de conocimiento, y con un vacío en su mente que cuanto les contemos en nuestro libro ayudará a llenar. Pero, ¿de qué forma llenar ese vacío? ¿Que historias hemos de darles a los niños?
Hace quince años un cambio de concienciación comenzó a modificar y radicalizar mi literatura, cuando dejé de viajar con las estrellas del rock y me fui a rincones del mundo mucho más duros y difíciles. Pensé que acabaría convirtiéndome en un autor marginal debido a ello, pero no me importó: quería contar la realidad. Un artista ha de hacer siempre aquello que cree, sin pensar en nada más, escribir lo que siente, cuándo lo siente y cómo lo siente. La sorpresa fue que, desde entonces, mis libros realistas comenzaron a ser más y más leidos.
En mi país, España, ha habido en los últimos diez años cierta polémica en torno al tema de si hay que darle al niño y al joven libros para que se evada o bien libros comprometidos para que piense. Y no sólo en España, pues la diatriba también la he detectado en otros lugares visitados por mi. Hay quien opina que al niño hay que darle felicidad y nada más que felicidad, porque luego ya se encontrará con los problemas del mundo. No puedo estar de acuerdo con ello. Yo también hago libros felices, y de humor, por supuesto, pero la prueba de que hay miles de niños y jóvenes que esperan y desean algo más, la tengo en los números: mis obras de compromiso no sólo son las más vendidas, sino lectura recomendada en muchas escuelas españolas. He escrito sobre niños esclavos, niños refugiados, trasplante de órganos, violencia juvenil, drogas, intolerancia, racismo, emigración, el poder de las nuevas tecnologías, animales en peligro de extinción, y fundamentalmente, pues es otra constante en mi literatura, de algunos de los grandes temas que han asolado latinoamérica en las últimas décadas: las dictaduras chilena y argentina, la extinción de las tribus indígenas en Brasil, la lucha en Chiapas y las matanzas de campesinos en Guatemala. Mi compromiso ha estado pues basado en contar aquello que he visto y en luchar por aquello en lo que creo. Y en el caso del lector, frente a la violencia televisiva, que pasa y no cuenta más que en su función de noticia, sin ir más allá, una novela les impacta cien, mil veces más, porque en ella tienen toda la historia, y leerla les ayuda a razonar, a tomar su propia posición, a enfrentarse a los hechos que le rodean y a la vida. En mi criterio, la literatura debe ser un espejo en el que podamos reflejarnos y reflejar a su vez nuestra realidad. Debe hacernos felices, pero también ayudarnos.
La segunda mitad del siglo XX nos ha dado la posibilidad de la comunicación a gran escala. Lo que sucede ahora puede verse en cinco minutos en las televisiones del mundo entero. Hay incluso exceso de información, saturación, pero cada día las noticias son como pequeñas cuñas que nos marcan a picotazos dejando una mayor o menor huella, de forma que al final perdemos la perspectiva histórica de lo que sucede, y lo que es más grave, de las raíces, de por qué sucede esto y aquello. Muchas guerras comienzan en un momento y terminan años después. ¿Quien recuerda el origen? Los jóvenes, aunque vean los informativos televisivos o lean la prensa, no tienen perspectiva histórica más allá de su nacimiento. Todo lo sucedido antes es prehistoria pura. Estoy pues habituado a que tras leer algunas de mis obras, muchos me digan: “Ahora entiendo el problema, su raíz. Nadie me había contado qué paso antes, y menos de forma que lo entendiera”.
No estoy diciendo que tengamos que hacer todos una literatura de compromiso, dura y directa, porque además cada escritor es su propio universo y existe una palabra, respeto, fundamental en el arte, pero sí que hay autores que deben asumir el riesgo de ser menos agradables y más reales, porque simplemente tengamos atravesado un mundo que sólo haciendo que se conozca podrá ser mejorado por futuras generaciones. Ese es nuestro compromiso. Creo que aquellos que escribimos para niños y jóvenes no podemos pensar en qué les va a gustar a ellos, complaciendo su inocencia sólo con libros fáciles, ni pensar tampoco en cómo ganar únicamente el dinero para pagar las facturas. Los que escribimos para niños y jóvenes lo hacemos para un público al que hemos de darle sinceridad y honestidad, valor y verdad, decirles: “Esto es lo que hay. Ahora depende de ti”. Y no es una carga pesada que verter sobre sus hombros, al contrario. En el fondo, la inmensa mayoría quiere estar en este mundo para hacer algo. Hay que motivarlos, nada más. ¿O acaso queremos protegerlos del lobo silenciando su existencia? Más aún: ¿no será que algunos se dan cuenta de que con sus preguntas y su interés, cuando conocen una verdad, a veces les están diciendo que el mundo que les legan es muy duro y eso les hace sentir mal?
Yo abogo por la verdad y la honestidad, por la lucha de los ideales y la perserverancia de la esperanza, por la fuerza de la palabra escrita y la luz que despierta en el lector. Abogo porque entre mundos fantásticos o galácticos, e historias felices y risueñas que pongan ilusión en los ojos de un niño, aceptemos también el compromiso de contar la verdad allá donde esté, y que se la ofrezcamos a nuestros lectores con pasión y sinceridad, olvidando modas o intereses económicos. Sólo desde una niñez responsable haremos personas justas. Sólo desde la cultura, pero también desde el conocimiento, haremos realidad ese sueño nada utópico de conseguir un mundo mejor. Los retos del siglo XXI van a ser muy fuertes, tanto que ni siquiera ahora podemos imaginarlos, porque aún no estamos preparados para ellos. Lo que les espera a los niños y los jóvenes de hoy y del futuro inmediato es intenso, alucinante, tal vez espectacular, quizas demoledor, pero siempre fascinante, porque es la vida, la evolución y el progreso. Podemos empezar a gestionarlo ahora siendo honestos con nuestra realidad. Y nuestra realidad tiene muchos puntos amargos e historias que han de conocerse, aunque sólo sea para intentar no repetirlas.

© Jordi Sierra i Fabra, 20 de septiembre de 2000