6. Otras conferencias

Resumen del discurso pronunciado en la entrega de los premios abril, (Barcelona, 28 de mayo de 2002)

Estamos aquí para presentar un libro titulado “En un lugar llamado guerra”, y creo que el nombre ya dice mucho de él. Mientras nos encontramos celebrando esta fiesta, India y Pakistan se están apuntando con misiles nucleares dispuestos a matar entre 12 y 20 millones de personas según cálculos estimados, Palestinos e Israelíes convierten su odio en un diario goteo de cadáveres y dolor, media docena de pateras cargadas de desesperados están cruzando el estrecho, y 300.000 adolescentes guerrilleros llevan armas en lugar de libros en las muchas guerras de este mundo.
Mi novela no es más que eso, una novela, pero su protagonista, Milo, es el mismo niño que yo he visto esclavizado fabricando alfombras en la India, el mismo niño que he visto muriéndose de sida en Surafrica, o el mismo niño perdido y adicto a la cola, candidato a morir en los suburbios de Río, Caracas, México o Bogotá. Alguien dijo una vez que mi literatura se había hecho demasiado dura, que a los niños y jóvenes había que darles diversión y evasión. No estoy de acuerdo. Ya tienen bastante de eso en televisión, o en los videojuegos, o en el ocio perpetuo en que estamos convirtiendo nuestras vidas. El arte, la cultura, siguen siendo nuestras únicas defensas contra la barbarie, bien a través de un cuadro, una película o un libro. Abogo por una literatura acorde con estos tiempos, una literatura de combate, una literatura decida y de compromiso, o no haremos más que contribuir a la banalización de los mass-media. Yo seguiré defendiendo ese compromiso, la denuncia, el pequeño poder de que disfruto para contar lo que veo y lo que siento.
Hace unos meses, en Medellín, Colombia, hablé en un colegio situado en uno de los barrios más conflictivos de la ciudad, con la guerrilla de las FARC en su zona norte y los paramilitares en su zona sur, y con una violencia interior, entre los mismos chicos, de alto contenido por las bandas armadas. En ese contexto, un muchacho de unos 14 años me preguntó qué era para mi la felicidad. Era una pregunta tremenda en un lugar como aquel y formulada por un chico que podía estar muerto al día siguiente. Nadie me ha preguntado jamás en España, en 18 años y después de 2000 conferencias en colegios, que era para mí la felicidad. ¿Para qué preguntarlo? Uno pregunta sobre lo que le preocupa, no conoce o despierta su curiosidad. Así que yo escribo para esos niños y jóvenes, para recordarles que la felicidad, para otros, es todavía una pregunta, no un fin.
Quiero terminar diciendo dos cosas más. La primera que cuando preparaba el guión de la novela, hace ahora un año en Varadero, no quise centrar mi historia en una de esas guerras ya existentes, así que me inventé una. Me fui a un lugar lejano y perdido, las ex-repúblicas sovietícas fronterizas con Afganistan. Una vez más, algo habitual en mis obras, la realidad ha superado mi ficción. A los seis meses de escribir el libro la zona se convirtió en un polvorín.
La segunda es un agradecimiento. Quiero dar las gracias a La Galera de Catalunya, Tandem del País Valencià, Editorial Galaxia de Galicia, Elkarlanean de Euzkadi, Llibros del Pexe de Asturias y Xordica de Aragón, así como a Ambito Cultural del Corte Inglés, por esa alianza que nos permite a los autores hacer llegar nuestra voz a todos los rincones del país en todas sus lenguas. De hecho sólo faltaría el aranés para hacer el pleno. A estas alturas ya todos sabéis que quería ganar este premio por este placer, este regalo en forma de libros que presentamos hoy. Me siento orgulloso de formar parte del Premio Abril y considero esto un regalo para todos mis amigos y lectores de Galicia, Euzkadi, Asturias y Aragón, puesto que en Catalunya, el Reino de Valencia y las Islas Baleares ya me leíen en catalán y en toda España lo hacían en castellano. Gracias de corazón.

Conferencia pronunciada en Almería el 9 de mayo de 2003, en el conjunto de los actos sobre “La música de las palabras”

LA MUSICA Y YO

A estas alturas de mi vida, y después de 30 años de publicar libros, cualquiera sabe ya de mi vinculación con la música, de la que procedo tanto como del cine. Ambas formas de arte me alimentaron de niño, me hicieron aprender, crecer, completarme como ser humano. Sigo yendo al cine prácticamente cada noche si estoy en España (cuando viajo por el Tíbet o el Amazonas, no hay cines), y aunque alejado de la música en su vertiente profesional, sigo escribiendo con música inundándome el alma y dándome energía.
Recientemente he publicado una obra titulada “Mi primer libro de ópera, diez óperas contadas para niños”, en cuyo prólogo de presentación hablo de mis primeros pasos en el maravilloso mundo de la música. Cuando yo era niño no tenía televisión y lo que se oía por la radio no me gustaba nada. Mi vida era un erial hasta que con 8 o 9 años, no estoy seguro, escuché “La consagración de la primavera” de Igor Stravinsky. Ese día un nuevo mundo se abrió para mí. Me convertí en un adicto que se pasaba horas con la oreja pegada a la radio de casa oyendo las óperas que retransmitía Radio Nacional de España. El locutor, que se llamaba Lluch, antes de cada acto describía tan bien lo que iba a suceder en el escenario que yo lo imaginaba como si fuera una película. Ya era un niño raro por pasarme horas escribiendo sin parar, así que lo fui aun más por ser capaz de estar sentado en una silla tres horas fascinado por una ópera. Que ahora publique un libro para contar a los pequeños óperas convertidas en cuentos me parece como pagar una deuda que tengo con la música clásica, especialmente porque mi fama es de rockero.
En 1964 aparecieron los Beatles y me cambiaron la vida. El rock fue la catapulta final que me empujó a las estrellas. Por los Beatles me metí hasta las orejas en el mundo de la música y en seis años, mientras trabajaba de día y estudiaba de noche, conseguí hacer mis primeros pinitos como comentarista musical. Estuve en la fundación de El Gran Musical, la antesala de lo que hoy son 40 Principales, y en 1970, ya conocido, me hicieron director de Disco Expres en Barcelona. Dejé el trabajo, los estudios, me dediqué a escribir de música, y en menos de tres años aproveché aquella fama para publicar mi primera obra, “Historia de la Música Pop”, primer libro que se editaba en España sobre un fenómeno que, desde entonces, fue habitual y se normalizó hasta en las librerías. Aquel primer libro se lo dediqué a mi maestro Igor Stravinsky.
Nunca dejé la literatura, pero cuando retomé la narrativa, gané mis primeros premios y publiqué mis primeras novelas, hubo bastante revuelo. Era un rockero que escribía. Y eso fue extraño. La fama de los rockeros era monotemática: colgados, drogados, borrachos, peludos y con la cabeza llena de rock y nada más. Lo cierto es que nunca he fumado y nunca he bebido. Peludo sí era, y vestía en las mismas tiendas que los Rolling Stones o los Beatles, así que en España me miraban como un bicho raro aunque yo, en la onda, iba elegantísimo. Fue un tiempo que ahora recuerdo con mucha luz. Y con mucho orgullo. Media docena de pioneros ayudamos a normalizar este país, musicalmente hablando.
Después de algunos años, ahora entiendo que pocos aunque entonces a mí ya me parecía que el tiempo se me escapaba, dejé la música de forma paulatina para dedicarme exclusivamente a mi pasión: la literatura. No quería perder ni un minuto de mi vida ni que nada me apartara de ella. Ya era popular, ya había conocido la vida de locos del rock. Siendo director de varias revistas y con un programa de radio semanal, iba invitado constantemente por las grandes majors de la música a Londres, Nueva York, Los Angeles, Paris… Viajaba en Concorde, en helicóptero, en limusina, dormía en suites maravillosas de todos los hoteles más famosos del mundo… pero lo dejé. Y no me costó nada. Escribir es mi vida. Había, pues, una prioridad. Y había otro mundo por descubrir, Asia, Africa, Oceanía, y especialmente mi querida Latinoamérica. Lo hermoso es que aun hoy, en paises como Colombia, por ejemplo, me llaman “maestro” por mi pasado rockero, porque fui el único autor hispano que escribió y publicó enciclopedias y biografías de grandes artistas y ayudé a una generación de músicos a crecer con ellos. Si los años sirven para ver la perspectiva del pasado, la mía es muy rica y me siento orgulloso de ella y de que todavía se me recuerde por lo que hice en aquellos días.
Siendo la música una parte esencial de mi vida, era normal que la incorporara a mis novelas. En primer lugar, porque es lo que mejor conozco y el margen en el que mejor me desenvuelvo junto al periodismo. Pero también lo es porque al escribir libros en los que los jóvenes son mis constantes protagonistas, la música debía aparecer más o menos por alguna parte. Es raro que a un chico o chica entre doce y dieciocho años no le guste la música. No tenemos más que ver las oleadas de pasión que despiertan los cantantes y grupos. En una edad en la que se buscan referencias, modelos, espejos, lo primero en lo que la mayoría se fijan es en ellos. Las adolescentes se enamoran de unos y los adolescentes se dejan arrastrar por el mensaje de otros. Copian estéticas, modelos de vida, rebeldías, poses. La música es el vehículo de cambio más importante de los últimos 50 años. Un disco puede concebirse, grabarse, editarse y escucharse por radio en muy poco tiempo, mientras que un libro o una película requieren procesos mucho más largos de realización y puesta al servicio del público.
Durante años, fui un rockero. Más tarde un rockero que escribía. Poco a poco me convertí en un escritor que procedía del rock. Luego me revelé como autor de literatura infantil y juvenil y de nuevo trataron de buscarme una etiqueta porque ya no sabían donde encajarme. Aún me siguen buscando etiquetas cuando la única que puede atribuírseme es la de Escritor, y nada más. Vivo, respiro, sueño, amo, siento la literatura, y dentro de ella, no soy más que un contador de historias, una persona que ve un cuento maravilloso donde otros no ven más que una hormiga, o una novela donde la mayoría sólo lee una noticia del periódico. El mundo es mi casa, los aviones los pasillos por los que me muevo, las personas mis confidentes y amigas. Pero la música ha sido, es y será la banda sonora de todo ello.
He sido invitado a este foro para hablar de la música en mi literatura. Y lo primero que se me pidió, además de preparar este pequeño texto, es que hablara de mis novelas de vertiente o ambiente musical, así que es lo que voy a hacer. Nunca las había contado ni puesto en un papel razonando porque las hice, por lo cual incluso para mí ha sido una revelación situarlas en el tiempo y recordar los matices formales de cada una. Por supuesto que hablaré únicamente de las obras de narrativa, obviando enciclopedias o biografías. Y aunque trataré de citarlas todas, comentaré sólo las más importantes, porque a mí me salen exactamente, hasta el día de hoy, más de 40 títulos. Querer profundizar en cada una haría que esta charla fuese kilométrica.
Mi primera novela y mi primer ensayo tuvieron la música como centro. El ensayo se tituló “Mitología pop española”, es de 1973, y en él hacía un ejercicio más o menos literario acerca de la vida de los divos de entonces, desde Serrat a Raimon pasando por Julio Iglesias, Miguel Ríos y otros 20. Era una obra hecha con un fotógrafo, Martin J. Louis, y durante meses estuvimos entrevistando y fotografiando a todos ellos para el libro. La novela, “El mundo de las ratas doras”, sigue siendo hoy mi peor obra. Quise decirlo todo y un escritor sólo ha de decir lo justo. En ella narraba un día de la vida de una estrella del pop español justo al iniciar su declive. Lo de las Ratas Doradas era obvio. Fue una obra falsamente crepuscular y dura, por suerte hoy olvidada.
Mi siguiente novela fue ya emblemática: “La revolución del 32 de Triciembre”, premio Villa de Bilbao 1975. Está basada en un hecho real. Gram Parsons, uno de los grandes músicos de aquellos días, ex-miembro de los Byrds y lider de la Flying Burrito Brothers Band, murió de una sobredosis en Los Angeles en septiembre de 1973. Sus padres, católicos, querían enterrarlo en Florida, pero él había comentado a los amigos y miembros de su comuna hippy su deseo de ser incinerado cuando muriera. Así que esos amigos robaron el ataúd del aeropuerto y lo quemaron en el Josua Tree National Monument, un Parque Nacional, a la salida del sol para cumplir con su última voluntad. En esa historia vi algo tan hermoso y conmovedor que la convertí en novela. No soy el único que se interesó por el tema y se sensibilizó con la historia, porque hoy en aquel lugar hay un monumento.
Ese libro me hizo ver que había tantas historias por escribir dentro del mundo de la música, que podía pasarme la vida sumergiéndome en ellas, y no quise caer en la trampa, ni convertirme en un especialista, igual que un autor policiaco lo es de su género o uno de ciencia ficción del suyo. Yo quería abordar todos los temas, y si la música aparecía más o menos implicada en ellos, pues bien. Sin embargo seguí con ello un poco más, fascinado por otros temas, y en 1978 edité una novela para quioscos, “¿Estás vivo, Jim?”, en la cual utilizaba la teoría y la vieja leyenda de que Jim Morrison, cantante de los Doors, seguía vivo y había fingido su muerte para escapar de la presión del mundo de la música. La construí en torno a un periodista que investiga las pistas dejadas tras el fallecimiento, sin inventarme ninguna. Al final lo encontraba vivo y entonces prefería callar. La guinda la puso un gran amigo mío que me llamó llorando y diciendo que “lo sabía”, que “estaba seguro de que vivía”, y me pidió, por favor, que le dijera el lugar donde lo había encontrado. Me juró que no se lo diría a nadie. Cuando le dije que todo era mentira me acusó de mal amigo, de no confiar en él, y me insistió en que “ni yo era capaz de inventar algo tan detallado y sentido como aquello”.
Ya en los años 80 escribí varias obras más o menos curiosas. “El rollo nuestro de cada día” fue una locura en la que hablé del ambiente musical de Barcelona tras la muerte de Franco a través de la historia de un cantante gay que se enamora de una potentísima señora que va y, prácticamente, me lo “cura”. Para olvidar salvo por el detalle de que salía yo mismo en la portada, y desnudo aunque sin mostrar nada escandaloso. “Sencillamente amor”, que tenía que haberse titulado “Escapada alrededor del Arco Iris”, era la historia de un chico americano que en verano de 1969 se escapaba de su casa en la Coste Oeste y cruzaba el país para asistir al festival de Woodstock. Por el camino, el ser humano llegaba a la Luna, y él conocía a una chica de la que se enamoraba y hacían juntos el resto del viaje. La tragedia es que ella estaba enferma y se iba a morir a Woodstock. Después llegó “En la esquina del círculo”, tercera novela de mi personaje, Daniel Ros, en la que investigaba la muerte de un amigo suyo, jefe de promoción de una discográfica. Ahí hablé también de los entresijos de la industria, su egoísmo y su implacable manera de funcionar, una de mis constantes.
Mis obras más emblemáticas aparecen entre 1988 y 1993. “El joven Lennon”, “La balada de Siglo XXI” y “Banda sonora”, aunque en este tiempo también edité la colección Sam Numit, compuesta por 6 títulos. Sam Numit era una especie de Bruce Springsteen metido a detective por accidente, siempre con misterios en torno a la música, sus amigos, etc. Los personajes que aparecían eran Elton John, Eric Clapton, etc. Cada una de las seis novelas aborda un tema concreto: En “La guitarra de John Lennon” el mundo de los coleccionistas, capaces de matar por un pelo de su ídolo; en “El gran festival de rock”, un asesinato producido en uno de esos grandes eventos; en “Los sonidos del silencio”, la muerte de una cantante folk, incómoda para el Sistema, asesinada por el poder; en “Alma de blues” el mundo del blues negro americano; en “Otra canción en el paraíso” el robo de la cinta master del nuevo álbum del protagonista; y por último en “En busca de Jim Morrison” vuelvo al tema de “¿Estás vivo, Jim?”, que reescribí con Sam Numit de protagonista.
Como he dicho, al margen esta colección, mis tres obras emblemáticas se iniciaron con “El joven Lennon”. A la muerte de John, mi hermano mayor, quise hacerle un homenaje. Tardé cinco años en comprender que lo más importante no era su pasado beatle o su amor con Yoko Ono, sino cómo aquel niño de 15 años tuvo un sueño y ese sueño cambió el mundo. John formó a los Beatles siendo un adolescente, y la novela abarca esa parte de su vida, entre los 15 y los 18 años, la edad en que hay que ir a por los sueños. La escribí en 1985 y se editó 3 años después. Con “La balada de Siglo XXI” quise ajustar cuentas con mi pasado. Hay un dicho que más o menos dice así: “el músico deja de serlo cuando abre la puerta de su local de ensayo”. Y es cierto, al otro lado están el manager, los de la casa de discos, los publicistas, la presión, el dinero fácil o la fama efímera, los que van a sacar tajada… Hice que una computadora diseñara el grupo perfecto y que una discográfica buscara a sus miembros por todos los Estados Unidos. Eso fue en 1989, antes del escándalo Milli Vanilli o de que ahora ya existan máquinas capaces de decir si un disco será éxito o es mejor venderlo o aquí que allá. Los cuatro miembros de mi grupo, además, estaban tomados de modelos reales: la cantante me la inspiraron Janis Joplin y Grace Slick, el guitarra partía de Jimi Hendrix, el teclista de Phil Ochs y el batería de Ringo Starr. Tecnica y estilísticamente es una obra muy novedosa, por los trucos que utilicé en ella. La tercera de estas novelas es la más personal: “Banda sonora”. En ella cuento un poco de lo que le sucedió a mi propio hijo cuando quiso ser músico. Hay mucho de él y también mucho de mí en esta obra que repasa el ambiente musical español de comienzos de los años 90 y que espero actualizar y reeditar dentro de un año o dos. Personalmente amo ese libro.
A lo largo de los años 90 he publicado obras en las que la música no es parte esencial, pero si tangencial. “El último set” es una novela en la que la protagonista es una tenista joven que se enfrenta al éxito a los 17 años, y conoce a una famosa estrella que a los 27 ya ha sido olvidado, algo muy normal en este mundillo en el que hoy eres famoso y mañana nadie se acuerda de ti. En “El tiempo del olvido” los protagonistas asisten a un concierto de U2. En “Malas tierras” asisten a un concierto de Bruce Springsteen. Bruce también aparece en “Jamalají jamalajá”, libro de mi personaje Víctor, que a su vez intenta formar un grupo en otra novela de la serie, “El rockero”. En mi novela “El asesino del Sgt. Pepper´s” los cuatro expertos beatlemaníacos de España tratamos de descubrir quien se dedica a matar críticos musicales utilizando la portada del famoso disco en una travesía de Barcelona a Mallorca en barco. Otra obra en la que la música no sale para casi nada, pero cuyo prólogo es toda una declaración de intenciones, es “Nunca seremos estrellas del rock”. En el prólogo, el protagonista sueña que está en un cementerio muy alegre y lleno de vida, porque ahí están todos los grandes mitos. Al descubrir que su tumba no está en él sabe que nunca será una estrella del rock, que, según sus palabras, “siempre será un mierda”. Toda la novela está trufada de referencias musicales y letras de canciones.
De mi producción narrativo-musical en los últimos siete años, quisiera destacar en primer lugar “El regreso de Johnny Pickup”, para mí, una de mis mejores novelas. Rezuma humor, mala leche, irreverencia… y es una sátira feroz y despiadada del mundo del disco y sus engranajes, el egoísmo y la ley del dinero. Podéis reiros de las leyendas de Hollywood. La industria del disco es terrible. Un periodista, George Saw, o sea, Jordi Sierra en inglés, va a buscar a un famoso rockero que desapareció hace 30 años y se retiró a la Polinesia. Le convence para que vuelva y el pobre se enfrenta al mundo y la música de hoy. Aparecen personajes como Springsteen, Dylan, McCartney, Sting… Es otro libro que quiero reeditar en el futuro porque actualmente está descatalogado. Los libros para jóvenes duran 20 años en una librería, pero los de adultos no. Otro libro a destacar es “Siete noches de una vida”, de nuevo con Springsteen como héroe. Entre 1981 y 1999 Bruce actuó 7 veces en Barcelona. En la del 99 tenía a una chica de 18 años al lado bailando y gritando, y pensé que 18 años antes, en aquel concierto del 81, ella estaría naciendo. De ahí salió la historia de una pareja que se conoce en 1981, y presentó su vida durante 18 años sólo aproximándome a ellos a través de las 7 noches en que van a los conciertos de Bruce. Está construido con diálogos, y en cada noche vemos lo que ha sido de su vida y lo que esperan del futuro. Hay que tener en cuenta que Bruce actuó en momentos muy singulares de nuestra historia: poco después del 23-F, en plena fiebre olímpica, justo con la primera victoria electoral del PP, y eso me permitió crear también un marco social esencial para ver la vida, el amor, las esperanzas y los fracasos de los personajes. En otro novela, “Regreso a La Habana”, el primer hombre que se enamora de la jinetera protagonista de la obra es músico. En “97 formas de decir te quiero”, la clave del misterio final aparece en una canción. En “Una (simple) historia de amor” uno de los protagonistas toca la guitarra en el metro. En “Tiempo muerto” el protagonista investiga la muerte de una famosa estrella nacional a la que acaba de entrevistar, y de nuevo saco a la luz los entresijos de cómo son y cómo viven los grupos españoles en formación, por qué rompen, por qué se pelean, que anhelan, lo que están dispuestos a pagar por el éxito. No quiero tampoco olvidar una obra, “Las fans”, que es un homenaje a las fans que siempre son denostadas y tratadas como locas histéricas, sin más. Cuatro chicas se conjuran para fotografiarse con su grupo favorito, de gira por España, y vemos de qué forma lo consiguen. Creo que es una novela inteligente sobre un fenómeno que parece no serlo, pero que tiene mucho de humano y de abrirse a la vida en la edad en que esa apertura es esencial. Yo trato con mucho cariño a las cuatro, expongo sus razones, sus motivaciones, y respeto qué hacen y por qué lo hacen.
Quizá la novela más reciente en la que mejor se manifiesta mi amor por la música sea “Concierto en sol mayor”, Premio Joaquim Ruyra de novela. En ella, un niño, virtuoso del violín, se pasa una tarde entera hablando con un anciano músico callejero que también toca el violín, en una esquina del Portal del Ángel de Barcelona. El amor del viejo por algo en lo que no ha triunfado pero que es su vida y la fuerza del niño que nació con ese don, forman un contraste único. Es un libro hermoso, en el que parece no pasar nada, sólo ese diálogo, pero que creo que lo tiene todo.
Quiero citar también “Mis salvajes rockeros”, en la que yo soy el protagonista, pero en esperpento. Mi editor me convence para que escriba de mis amigos, transgrediendo mis convicciones, porque no vendo libros y estoy arruinado, y paso diez fines de semana con cada uno de ellos: Springsteen, Lennon, McCartney, Michael Jackson, Sting, Mick Jagger, Madonna, Dylan, etc. Nunca he escrito pensando en el dinero, así que la “boutade” empieza por mí mismo. Les desnudo, saco sus miserias, me río de todos, de mí mismo, y es una forma distinta de presentarlos. Mucho más serio y trascendente es “Víctor Jara, reventando los silencios”. Cuando murió Jara me juré contar su historia algún día. Tardé 25 años en hacerlo, porque no podía, porque sabía el dolor que representaría, y la escribí por fin en 1998, furioso, radical. La terminé poco antes de que detuvieran a Pinochet en Londres y eso acabó de darle un sentido a todo. Creo que es una de las mejores obras que he escrito, por la técnica y el estilo empleados, la forma de narrar la historia, y porque me metí hasta muy adentro para vivirla y sentirla en mi alma. Cuando se la envié a su viuda, le pedí que me corrigiera lo que quisiera, y me la devolvió tal cual. Dijo que la había emocionado y era lo mejor que había leído sobre su marido. Nunca me han hecho un elogio mayor.
Llegamos a mis últimas obras “musicales”, como “El disco mágico”, editada en Colombia, en la que un CD le cambia la vida a un chico que quiere ser músico, o la ya citada “Mi primer libro de ópera”. Pero también está “Rabia”, en la que la protagonista escribe, canta, compone, es inquieta, y tras conocer a un escritor que se parece mucho a mí, entiende cual es su camino. Está basada en hechos reales, en todas las chicas y chicos a los que he prestado atención y ayudado a lo largo de estos años. A continuación tenemos “27, edad maldita”. Según la leyenda, los principales mitos caídos en la historia de la música, lo han hecho a esa edad, los 27 años: Janis Joplin, Brian Jones, Jimi Hendrix, Jim Morrison, Kurt Cobain… Yo hablo de ello a través de la desaparición de una famosa estrella que tiene esa edad. Todos especulan acerca del tema. La obra me sirve, como siempre, para reflexionar en torno a otra parte de la música: qué sienten los grandes grupos en pleno éxito, cuando aparecen reencillas, temores, drogas, la muerte de algún miembro, etc. En “Casting” me adelanté a Operación Triunfo, porque la escribí meses antes del “boom” de la primera edición y de sus miles de candidatos. Hablo de dos chicas y un chico que tienen un casting por la noche, de cómo es ese día en sus vidas, de lo que esperan y lo que se juegan. En “Buscando a Bob”, editada de momento sólo en catalán pero que aparecerá en otoño de 2004 en castellano, un chico de Vigo cruza España para ver a Bob Dylan en un concierto en Barcelona. La obra está llena de fragmentos de canciones de Bob, y es un canto a la vida porque el chico fue concebido por sus padres para salvar a su hermano mayor que iba a morir, y cree que no es querido, que está vivo por un azar. Este mes aparece también “La canción de Mani Blay”, en la nueva colección “La biblioteca de Jordi Sierra i Fabra” editada por Bruño. La base del libro es muy simple: “¿Cuanto valdría hoy la camisa ensangrentada que llevaba John Lennon el día que le mataron?”. Un famoso cantante es agredido por varios disparos en España y un enfermero se queda con su camisa para venderla. Se dispara la locura de los coleccionistas. Como puede verse, es otra obra crítica en la que hablo de las miserias y el trasfondo de un mundillo que para todo el mundo es mágico, pero que tiene muchas sombras, como cualquier trastienda de aquello que llega al público envuelto en éxito, fama, dinero, poder…
Hasta aquí el repaso de mis novelas con vertiente musical en mayor o menor medida. La verdad es que de no ser por esta invitación, ni yo mismo hubiera sabido que eran tantas ni tan variadas. La música sigue siendo parte de mi vida así que habrá más. Uno siempre prefiere escribir de aquello que conoce y mejor domina. No sé si disfrutaréis con esa novelas, pero seguro que sí lo haréis con la música, esa banda sonora que está siempre a nuestro lado y se asocia con la mayoría de momentos felices que nos acompañan. La primera canción que bailé con… Lo que sonaba al dar aquel beso… Ese disco que nos cambió la vida…
Que las buenas vibraciones os acompañen.